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Si bien las grandes competiciones deportivas se utilizan tradicionalmente como herramientas de poder blando, la Copa del Mundo de 2026 parece responder a una lógica diferente.

Por Véronique Chabourine, analista estratégica

El 10 de junio, en vísperas del inicio del Mundial de 2026, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, dijo que, sin el compromiso de Donald Trump, la organización en Estados Unidos habría sido imposible. Esta afirmación quizá arroje luz sobre la verdadera singularidad de este Mundial. Durante varias décadas, las grandes competiciones deportivas han sido herramientas privilegiadas de poder blando. Los países anfitriones los utilizan para realzar su atractivo, mejorar su imagen o proyectar una narrativa nacional favorable. Esta vez el movimiento parece inverso: en lugar de una Copa del Mundo organizada en Estados Unidos, podría ser una Copa del Mundo organizada según las reglas estadounidenses. Alemania en 2006, Rusia en 2018 e incluso Qatar en 2022 han utilizado la Copa del Mundo para aumentar su atractivo internacional. Para Doha había mucho en juego. Entre 2020 y 2024, Qatar ascendió más de quince puestos en el ranking del poder blando (1) gracias a una estrategia de influencia estructurada en torno al deporte, los medios de comunicación y la educación superior, cuyo resultado más visible fue la Copa del Mundo.

Estados Unidos, sin embargo, aborda el ejercicio en una situación muy diferente. Siguen siendo la principal potencia mundial en términos de poder blando e influencia (2). Ciertamente, su puntuación global disminuyó ligeramente, de 79,5 a 74,9 puntos, y varias dimensiones registraron un empeoramiento significativo, en particular “Personas y valores”, donde el país cayó del puesto 36 al 48, o incluso “Impacto positivo neto”, donde pasó del puesto 50 al 83. Estos acontecimientos reflejan las controversias suscitadas por algunos liderazgos de la administración Trump. Sin embargo, no cuestionan su posición dominante en el ranking mundial. Por tanto, el Mundial de 2026 no constituye una herramienta para la recuperación de la reputación. Más bien, se presenta como una palanca política que nos permite afirmar una capacidad de control y eficiencia a escala global. En un contexto marcado por la multiplicación de las crisis, las tensiones por los recursos y la intensificación de la competencia, tener recursos ya no es suficiente: todavía necesitamos poder movilizarlos rápidamente para producir resultados. La eficiencia se convierte así en una de las manifestaciones más visibles del poder contemporáneo.

La influencia se basa en la capacidad de un actor para ocupar una posición central en los flujos globales. En un mundo estructurado por flujos financieros, tecnológicos, digitales, energéticos y de información, el poder pertenece cada vez más a quienes definen el marco dentro del cual deben evolucionar otros actores. Los actores más influyentes suelen ser los más difíciles de sortear.

En lugar de relajar temporalmente algunas reglas para satisfacer las necesidades de la competición, la Casa Blanca creó por decreto un grupo de trabajo específico para la Copa del Mundo (3), responsable de coordinar la acción federal en torno al evento. Se han implementado medidas específicas para acelerar el procesamiento de visas, mientras que se han fortalecido las capacidades consulares para hacer frente a la afluencia esperada de visitantes. Al mismo tiempo, la administración ha mantenido sus demandas de control y seguridad migratoria. “Su billete no es un visado”, nos recordaron repetidamente las autoridades estadounidenses. Por tanto, el objetivo no es sólo acoger el mayor evento deportivo del planeta. Se trata también de demostrar que es posible combinar apertura, soberanía y eficiencia.

Más que una operación de seducción internacional, el Mundial se convierte así en una verdadera prueba de la capacidad estadounidense para gestionar un sistema complejo sin modificar sustancialmente su marco de acción. En términos más generales, la Copa del Mundo parece ser una versión reducida de la doctrina Estados Unidos primero. Se convierte en una demostración de cómo Estados Unidos pretende ejercer su poder. Esta dinámica es tanto más significativa cuanto que la propia FIFA es uno de los actores más poderosos e influyentes del mundo. Con 211 federaciones miembros, más de los 193 estados miembros de la ONU y una audiencia global de miles de millones de espectadores en cada edición, la Copa Mundial representa una de las herramientas de poder blando más poderosas que existen.

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En 2017, Gianni Infantino recordó (4) que un Mundial no podría celebrarse si los equipos, los funcionarios y los aficionados no pudieran acceder libremente al país anfitrión. Nueve años después, mientras la cuestión migratoria sigue en el centro de los debates, el presidente de la FIFA afirma que la organización habría sido imposible sin el compromiso personal de Donald Trump. Más allá del cumplido diplomático, este acontecimiento ilustra un cambio en el equilibrio de poder. Si antes la FIFA parecía capaz de hacer cumplir algunas de sus exigencias a los países organizadores, hoy parece encajar más en un marco definido por ellos.

Desde este punto de vista, el Mundial de 2026 puede no ser la demostración de poder blando que muchos esperaban. Mientras que otros países han adaptado sus normas nacionales a las necesidades de la competencia, Estados Unidos parece querer demostrar que la competencia puede adaptarse a su marco. Por tanto, este Mundial aparece como una demostración de poder estructural (5).

(1): Finanzas de marca, Índice global de poder blando 2025,

(2): financiación de marca, Índice global de poder blando 2026,

(3): Orden Ejecutiva 14234, Establecimiento del Grupo de Trabajo de la Casa Blanca sobre la Copa Mundial de la FIFA 2026,

(4): el guardián“La prohibición de viajar de Trump podría impedir que Estados Unidos sea sede de la Copa Mundial de fútbol”, 9 de marzo de 2017.

(5): Susan extraña, Estados y mercadosPinter Editori, 1988.

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