El cáncer no aparece de repente. Crece lenta y silenciosamente, incluso durante años. Luego, en algún momento, acelera. Y aquí es donde se vuelve más peligroso. Un estudio del Instituto de tumori Pascale de Nápoles, con Vanvitelli, católica del Sagrado Corazón de Roma y de las universidades de Messina y Salerno, publicado en el Journal of Translational Medicine, explica lo que está sucediendo en este momento clave. Y lo hace con una imagen sencilla: un “motor” arrancando.
Según el oncólogo de Pascale, Alessandro Ottaiano, primer firmante del estudio multicéntrico, el tumor pasa primero por una fase larga y silenciosa. Las células acumulan pequeños errores en el ADN, llamados mutaciones, pero sin efectos visibles. En esta etapa, el cuerpo todavía es capaz de reparar el daño. Pero entonces algo cambia.
Cuando los sistemas que unen el ADN comienzan a funcionar menos, el equilibrio se altera. Aquí es donde arranca el “motor”: las células tumorales se vuelven más agresivas, crecen más rápido y toman el control.
Las posibles implicaciones de esta teoría son significativas. Comprender cuándo el tumor pasa de la fase silenciosa a la agresiva puede ayudar a los médicos a intervenir antes y de manera más específica.
Además, la integración entre análisis genéticos e inteligencia artificial puede permitir predecir la progresión de la enfermedad y elegir terapias cada vez más personalizadas. El objetivo, en perspectiva, es cambiar el enfoque: no sólo eliminar las células tumorales, sino bloquear el “motor” que las vuelve más agresivas, intentando frenar o detener la progresión de la enfermedad.
“El tumor es, al fin y al cabo, un proceso evolutivo acelerado – explica Alessandro Ottaiano – Lo que en la naturaleza tardaría miles de años, aquí sucede muy rápidamente. Las células más adaptadas para sobrevivir son seleccionadas, se multiplican y acaban dominando el entorno que las rodea. Esta teoría no cambia los tratamientos de mañana, pero cambia el objetivo: no sólo destruir el tumor, sino también evitar que se acelere. Comprender este paso puede marcar la diferencia, porque significa identificar cuándo el tumor está a punto de cambiar de marcha e intervenir antes, con más objetivo.
No se trata de una revolución inmediata, sino de un cambio de perspectiva: no sólo combatir el tumor, sino también impedir su aceleración.
“En este proceso – prosigue Ottaiano – la prevención sigue siendo fundamental. Una alimentación sana, la actividad física, la prohibición de fumar y la atención a las sustancias nocivas pueden reducir el número de mutaciones y, por tanto, el riesgo. Porque detener el tumor, hoy, significa también impedir que este “motor” oculto tenga la posibilidad de encenderse”.
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