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Miles de millones quemados, inversiones congeladas, empresas desanimadas y ciudadanos obligados a sangrar para defenderse de un sistema que debería protegerlos: tal es el coste del Caporetto de la justicia italiana. Un coste que pesa sobre la economía real y la credibilidad del país, convirtiendo la justicia en uno de los principales obstáculos al crecimiento. Por eso votaré sí, sin dudarlo. No por ideología, sino por experiencia directa y sentido de la realidad.

Empecemos por lo obvio, que en Italia todavía se considera una herejía: la separación entre fiscales y jueces. Esta es la norma en los principales países europeos. Sin embargo, defendemos un modelo que desdibuja los roles y modifica el equilibrio. El MSC debe garantizar a los ciudadanos. De hecho, suele ser un fuerte corporativo. Es necesaria una reorganización porque, desde Tangentopoli, el sistema judicial ha perdido el sentido de los límites. No hablo de oídas. Soporté una investigación criminal como inocente, que terminó en la nada después de años de que mi vida y mi reputación quedaran en suspenso.

expuesto. Un precio que nadie devuelve.

Y en materia civil las cosas no son mejores: juicios que nunca terminan, jueces que todo lo cambian y lo reinician, procedimientos que comienzan de nuevo como en un eterno retorno kafkiano. Entonces la confianza colapsa. El referéndum no soluciona todo, pero es una señal necesaria para poder tener justicia real. El verdadero escándalo no es cambiarlo, sino dejarlo como está.

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