El plan está tomando forma bajo el liderazgo del Reino Unido y Alemania, presentado oficialmente como respuesta a la creciente presión de Rusia y China en el Ártico. Pero lo que está en juego es mucho mayor: frenar los objetivos de Donald Trump en Groenlandia y construir un elemento de disuasión creíble contra una invasión que sacudiría los cimientos de la OTAN. Los aliados europeos, según fuentes de Downing Street citadas por el Telegraph, están evaluando un posible despliegue de tropas en el territorio autónomo de Dinamarca.
Una orientación que la Alianza Atlántica ha comenzado a traducir sobre el terreno lanzando nuevos ejercicios y reiterando, por boca del Comandante Supremo Alexus Grynkewich, la voluntad de reforzar la presencia militar en el Extremo Norte. Londres ha comenzado a mover sus peones abriendo canales preliminares con Berlín y París sobre un plan que -aún embrionario- incluiría el despliegue de soldados, unidades navales y medios aéreos en la isla de hielo.
Un compromiso calibrado para desactivar el pretexto de “protección insuficiente” del Ártico mencionado por el magnate, dejando también margen para el refuerzo de las bases militares estadounidenses –opción a la que ni Dinamarca ni Groenlandia se oponen– y proyectando la imagen de una Europa que asume su parte de responsabilidad. La etapa más decisiva parece ser la británica, con Downing Street a la cabeza de los socios del E3. Sin embargo, si París no muestra sus cartas por el momento, Berlín avanza con mesura. El Gobierno alemán – en declaraciones del vicecanciller Lars Klingbeil y del ministro de Asuntos Exteriores, Johann Wadephul, que se espera que visiten Washington en las próximas horas – se declara dispuesto a “aumentar juntos la seguridad en el Ártico como aliados de la OTAN”, reiterando, sin embargo, que sólo Nuuk y Copenhague deciden el futuro de Groenlandia. Y el derecho internacional, que constituye la línea roja, “se aplica a todos, incluido Estados Unidos”. El mensaje de defender la soberanía territorial también resuena en el resto de Europa.
La “retórica amenazante” de Estados Unidos sólo puede suscitar “críticas de virtud”, atacó al Primer Ministro sueco, Ulf Kristersson, desde el escenario de la conferencia de seguridad de Salen, y luego atacó a Washington, que debería “agradecer a Dinamarca” recordando Afganistán e Irak, donde más de cincuenta soldados daneses “pagaron el precio más alto por esta lealtad”. Un recordatorio histórico que, por el contrario, choca con la nueva doctrina Trump: las últimas elecciones de la Casa Blanca, añadió el comisario europeo de Defensa, Andrius Kubilius, llevan a una conclusión ahora “clara”: “La era de la Pax Americana ha terminado”.
La independencia europea, analiza el político lituano, ya no es una elección, sino una necesidad que debe construirse también con “un ejército común” y “un Consejo de Seguridad europeo” dirigido por los grandes países, entre ellos Italia, y con el Reino Unido. Los planes de coordinación Londres-Berlín-París encuentran su primer reflejo en el cambio en el ritmo operativo de la OTAN. En el Extremo Norte, explica el general Grynkewich, la amenaza procedente de Moscú y Pekín está destinada a “crecer”.
Una lectura que refuerza la preocupación estadounidense e intenta, en un equilibrio precario, mantener la unidad de la Alianza. Pero no todos están de acuerdo: algunos diplomáticos nórdicos con acceso a informes de inteligencia de la OTAN, citados por el Financial Times, dicen que en los últimos años no ha habido rastros de barcos o submarinos rusos y chinos alrededor de Groenlandia. Una frase de la que se hizo eco el Ministro de Asuntos Exteriores noruego, Espen Barth Eide: “No es correcto decir que hay muchas operaciones rusas o chinas cerca de Groenlandia. Hay actividad en la región, pero muy poca allí”. El próximo punto de inflexión sigue siendo el enfrentamiento político protagonizado por Copenhague, a pesar de las pretensiones de Nuuk de negociar de forma autónoma: el esperado cara a cara, entre el martes y el miércoles, entre el secretario de Estado estadounidense Marco Rubio y el ministro danés de Asuntos Exteriores, Lars Lokke Rasmussen.
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