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Ha sido una semana de conmoción y conmoción en el panorama internacional. Entre el ciclón Donald Trump, dispuesto a anexar Groenlandia -territorio danés, por tanto miembro de la OTAN- y los iraníes que, una vez más, salen a las calles arriesgando sus vidas para desafiar la sangrienta molarquía de Teherán, el planeta contiene la respiración. Por un lado, un presidente estadounidense que golpea duro, en todas partes y continuamente. Por el otro, un pueblo que resiste a un régimen que no duda en matar a miles de personas para sobrevivir.

Para 2025, el orden internacional rara vez habrá parecido tan frágil y sujeto al estado de ánimo de un solo hombre. Un año después de su regreso, Donald Trump instaló el caos como método de gobierno mundial. En apenas unos días capturó al presidente de Venezuela, amenazó a Colombia y Cuba, ordenó a Zelensky alinearse, amenazó una vez más con bombardear Irán y, finalmente, aumentó la presión sobre Groenlandia. Un supuesto frenesí imperial. Trump dice lo que hará y hace lo que dice. Esta es su fuerza. Y el vértigo del mundo.

En el extranjero aplica una informal versión XXL de “América primero”. El objetivo es claro: expandir la influencia estadounidense y conseguir recursos estratégicos. A la independencia energética, leitmotiv desde la época de Obama, Trump añadió la carrera por las tierras raras. Una prioridad geopolítica y, de paso, una oportunidad de negocio.