Daniele Mencarelli escribe su primer misterio y es muy oscuro. No esperéis un comisario extraño, un inspector sui generis o una investigación cuyo culpable sólo será descubierto en la última línea: Mencarelli nos lleva entre los restos de una humanidad devastada, en una provincia donde la existencia se cansa de sí misma y donde nada nos tranquiliza. Sin siquiera ser víctimas. Ni siquiera usar o ver uniforme. Ni siquiera culpar.
Cuatro presuntos miembros de la familia (publicada por Sellerio, a diferencia de las novelas anteriores de Mencarelli, todas publicadas por Mondadori) se desarrolla en Latina y, en particular, en tres lugares: los bosques que rodean el pueblo de Norma, con vistas a la llanura pontina, donde dos cazadores encuentran un esqueleto escondido en una cueva; el restaurante-pensión de la señora Garvan, donde se alojan los cuatro presuntos miembros de la familia, es decir los posibles familiares de la mujer a quien pertenece el esqueleto, según la información que reporta la desaparición y la edad de los restos; el cuartel Alcide Mastrangelo, que “para los ancianos de Latina era un motivo de orgullo, sólo quedaban unas pocas personas que habían vivido la época de los Veinte Años, pero los que aún estaban vivos habrían metido las manos en el fuego si hubiera sido diseñado por el propio Mussolini”. Para algunos, “Latina siguió llamándose Littoria, un espejismo que surge del pantano por voluntad de Buonanima”.
Es en el cuartel donde encontramos al mariscal Damasi, que parece un hombre de sesenta años en buena forma pero que en realidad es diez años más joven, y al oficial Circosta, un treintañero en constante abstinencia sexual, que busca en vano una chica en las calles de Latina. Y luego el brigadier Liberati, alguien que aprovecha el trabajo nocturno para explotar a las prostitutas en la calle, que tortura a pequeños ladrones y narcotraficantes de poca monta, que transforma los bienes confiscados por sus compañeros en su tesoro personal. Un hombre violento, contra el cual Circosta no se rebela, sino todo lo contrario: muchas veces lo alienta y lo sigue en sus “hazañas”.
Sin embargo, es precisamente a Circosta, alguien sin arte ni sentido y ciertamente sin integridad, a quien el mariscal Damasi confía primero la tarea de encontrar a los posibles familiares del desaparecido y luego de gestionarlos, a la espera del resultado de la prueba de ADN que determinará a quién pertenecen estos huesos. El grupo de cuatro presuntos familiares está compuesto de la siguiente manera: el señor y la señora Martelli, cuya hija Assunta desapareció cuando tenía 25 años, cuando regresaban del gimnasio una tarde; Lucio Marini, hijo de Linda, madre soltera y drogadicta cuyo rastro se perdió a los treinta años (Lucio acabó confiado a una familia en Vicenza); Liliana Parrino, que perdió a su hermana Isabella, de 27 años, quizás tras una fuga romántica.
Parecería una tarea sencilla, cuidar de los llamados seres queridos, pero por el contrario resulta complicada y dolorosa.
El agente Circosta descubre lo insoportable que puede ser la vida para quienes se quedan atrás; y por tanto también que, frente al mal, también él pueda elegir. Todo ello, como siempre, nunca es a coste cero: ni siquiera para el lector que, al final, no tiene nada de qué sonreír.