Sus nombres son Pisco y Chunca. Uno es blanco, con cabello sedoso. Los otros marrones, con un pelaje más áspero, un tamaño más imponente, son evidencia de un cruce pasado con una llama. Estas dos alpacas y sus cinco compañeras de juegos viven tranquilamente en una granja de la llanura de Versalles (Yvelines). Nacidos por un lado en el zoológico de La Palmyre (Charente-Maritime) y por otro en una granja de cría del Macizo Central, a veces entretienen a los invitados cuando el granero de la propiedad se transforma en salón de recepciones. Pero el verdadero motivo de su presencia en esta granja de Yvelin es muy diferente: cada dos años, cada camélido dona un poco de su sangre a la ciencia.
Este jueves 11 de diciembre de 2025 es el gran día. O mejor dicho, la antesala del gran día. El bioquímico Pierre Lafaye, jefe de la plataforma de ingeniería de anticuerpos del Instituto Pasteur, y su colaborador Gabriel Aymé acudieron para inmunizar a los dos camélidos. Uno tras otro son llevados a la cabaña que les sirve de lugar para dormir y de refugio de los elementos. Uno sujeta al animal mientras el otro pica. Veinte segundos máximo, sin incluir ducha. “¿Por qué las alpacas no escupen?”especifica Pierre Lafaye. El animal no se inmuta. En cuanto lo sueltan, vuelve tranquilamente a divertirse con sus compañeros.
“Sois testigos de que estamos lejos del maltrato animal”insiste el investigador. El tema es delicado, hasta el punto que se nos pidió que no indicaramos el lugar exacto de la explotación. Pero en realidad somos testigos de ello: las dos alpacas no derramaron la más mínima lágrima. El martes siguiente, sin embargo, derramarán algo de sangre, esta vez extraída por un veterinario. “Un bolsillo, como cuando estás a punto de donar el tuyo”irrita a Pierre Lafaye.
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