“Los cuatro jinetes del Apocalipsis asesinaron a sus caballos y con los huesos crearon este enorme mecanismo capaz de mover la tierra”, palabras con las que se describe el disco Horse Rotorvator de John Balance, uno de los dos integrantes de Coil, un proyecto de música exoelectrónica procedente de las entrañas de Inglaterra. La psicodelia, los ruidos industriales persuasivos y eróticos, se casaron elípticamente con la grandeza cruda de Derek Jarman, para quien compusieron la banda sonora de The Angelic Conversation, o de Clive Barker, para quien compusieron la banda sonora original de Hellraiser, adornada con un cuadro de Trevor Brown que abre el apetito de los coleccionistas. La máquina, la técnica, la evolución ancestral y avanzada, que combina chamanismo mecanizado y sexualidad exuberante; Coil fue de los primeros, junto a William S. Burroughs, Genesis P-Orridge, Lionel Snell y Peter J. Carroll, en dar sonido a las pesadillas plásticas y en utilizar el imparable avance de la tecnología como dinámica mística. Al fin y al cabo, Mircea Eliade destacó que el chamán era el guardián de los secretos del progreso técnico de la sociedad, en forma de tutela de la metalurgia y del fuego. Y en esta estela, Carl Gustav Jung creará un fresco sobre el arquetipo del hechicero similar a la figura del ingeniero.
Por eso, siempre es un placer que también aparezcan en Italia libros como Digital Gods, Digital Religions, Media and Social Imaginaries, editado por Michele Olzi, con una introducción de Alessandra Vitullo y publicado por Mimesis. Ocho ensayos, un camino que retrocede desde el análisis del fenómeno religioso leído a través del prisma de los medios de comunicación de masas y de las tecnologías digitales, e hibridado ontológicamente por ellos, hasta esa exuberancia de llamas y brumas que fue el escenario contracultural. Esta oscuridad iridiscente en la que trabajó William S. Burroughs bajo el seudónimo de Frater Dhalfar, con quien se unió a los Illuminati de Thanateros, la primera verdadera institucionalización global de la Magia del Caos. “El psicótico es alguien que ha descubierto cómo suceden las cosas”, escribió el buen Burroughs sobre el playback y, con Bryon Gisin, sobre la Dreamachine, un mecanismo tecnológico que permite tallar sueños lúcidos, en los que penetrar como el holograma querido por Jean Baudrillard. A la escena industrial le gustará mucho: Throbbing Gristle y Einstürzende Neubauten se encargarán de ello, y esta hipnagogia quedará atrapada en la bisagra ósea de Current 93. El volumen pretende ser una útil actualización, como nos recuerda Vitullo en su introducción, de treinta años de estudio sobre la religión digital: la religión clásica no sólo encontró su camino en las praderas del silicio, sino que con ellas anidó poderosamente para finalmente regresar a una realidad desestructurada. Por otro lado, vivimos en una época en la que la Casa Blanca cuenta con una Oficina de la Fe, encabezada por una predicadora, Paula White, considerada hija de esa escuela de pensamiento teológico conocida como “e-cristianismo independiente”. Heidi A. Campbell y Giulia Evolvi abordan la taxonomía de los estudios religiosos digitales; su coherencia, sus caracterizaciones, su método y lo que se puede definir como una religión digital. “Modelo para articular la evolución de las prácticas religiosas en línea vinculadas a contextos simultáneos en línea y fuera de línea”, según la reconstrucción propuesta por la propia Campbell ya en 2013. La aceleración tecnológica y los polos de conexión informacional, al fin y al cabo, hacen del ser humano mismo un infor-organismo, citando a Luciano Floridi: parece completamente natural que frente a esta reorganización identitaria, el ser humano redefina los cánones de su propia vocación religiosa y mística. Alberto Ghio y Stefania Palmisano examinan en cambio los fenómenos religiosos que emergen de la frontera digital; ritos, identidades religiosas que se transmutan alquímicamente al contacto con el código de la tecnología, experiencias mutantes inervadas en una teología tecnológica, desde Ecunet hasta Jesús Camarón, un híbrido crustáceo-cristológico generado por inteligencia artificial. Michele Olzi se centra en las videofanías, cuestionando el punto de intersección entre la hierofanía a la Mircea Eliade, el juego y la remodulación del factor religioso. La construcción de mundos alternativos, poblados de significado, es un elemento que une radicalmente al jugador y a los fieles. Alberta Giorgi analiza los feminismos religiosos en línea, con especial atención al avance emergente e imparable de los podcasts, cada vez más centrales en la producción cultural, no solo religiosa. Nicola Pannofino nos guía por los complejos caminos de la distribución digital, especialmente a través de YouTube; canalización y comunicaciones entre seres humanos y entidades espirituales realizadas por medios técnicos.
Los tres últimos ensayos, de Marco Castagnetto, Marco Mutti y Marco Maculotti, respectivamente, nos devuelven al punto de partida: el vínculo entre fenómeno religioso y esoterismo, arte y cultura. La Magia del Caos germinó en los pálidos años setenta ingleses: recontextualización matemática del sellado y la “postura de la muerte” por Austin Osman Spare, fusionada en clave posmoderna con el lema nizarí “nada es verdad, todo está permitido” retomado por Nietzsche y luego por Burroughs. Y el dark ambient, la jungla y el posmodernismo, John Zorn que dedica un álbum a la magia del caos, al CCRU y al aceleracionismo de Nick Land, ahora tan popular como un Norberto Bobbio mecánico, y sus hipersticiones y numogramas decimales. Literatura extraña, Lovecraft, música tecnológica de Erich Zann que lucha contra el caos en expansión, convirtiéndose en sí misma en un procedimiento ritual. Después de todo, ocultistas como Kenneth Grant y Michael Bertiaux tematizarían el panteón de la Providencia Solitaria en el marco de los “cultos en las sombras” y el Camino de la Mano Izquierda.
Maculotti, en cambio, revela “el diablo detrás del muro”. Kenneth Anger escribió que el día del nacimiento del cine fue un día trágico para la humanidad. Maculotti nos lo confirma describiendo conspiraciones y satanismo en el celuloide.