1769066077-ajax-request.jpg

Hay personalidades como la de Denis de Rougemont (1906-1985), que, aunque de gran importancia, siguen siendo poco exploradas. Figura polifacética ligada al personalismo de Emmanuel Mounier, Rougemont colaboró ​​con revistas como Esprit y L’Ordre Nouveau, pero es más conocido por Love and the West (1938), obra de gran éxito, reeditada en 1954 a petición de TS Eliot.

Como muestra el último número de Il Pensiero Storico, revista de historia de las ideas editada por Danilo Breschi (ediciones IPS, páginas 380), su producción intelectual fue, sin embargo, vasta y compleja. Rougemont fue un pensador inconformista que intentó por todos los medios superar la dicotomía entre liberalismo y marxismo. Consciente de los riesgos que conlleva esta postura, y aunque nunca contó con el apoyo de este mundo cultural que consideraba el comunismo como modelo, nunca dejó de buscar una tercera vía.

Hombre libre, cuyos intereses iban de la crítica literaria a la teología, del análisis de los mitos a la filosofía política, Rougemont fue también, junto con Alexandre Marc, uno de los principales defensores del federalismo integral. Luchó por una Europa de las regiones, compromiso que precedió a su activismo en favor de la ecología, tema que posteriormente se convertiría en dominante en su pensamiento.

Nacido en Suiza al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, se trasladó a Estados Unidos, donde permaneció hasta 1947. Participó en la creación de la Mesa Redonda del Consejo de Europa en 1952 y contribuyó a la fundación del Centro Europeo de Cultura, que más tarde daría origen al CERN en Ginebra. En el Manifiesto ecológico para otra Europa, finalizado en 1978 y publicado dos años más tarde en la revista “Das andere Europa”, condenó el Estado-nación jacobino.

Si hoy tuviéramos que identificar un rasgo distintivo de su compromiso, sería sin duda la valorización de las diferencias; Rougemont busca traducir esta pluralidad en un orden político capaz de exaltarla, preservando al mismo tiempo la unidad entre los pueblos. De hecho, su visión de la identidad europea se basaba en la celebración de las diferencias culturales de los pueblos, concepto que, al estratificarse en el tiempo, debería haber constituido la base del proyecto participativo y federal.

Comprendió de antemano que el modelo político basado en la búsqueda continua de un compromiso entre los Estados-nación que ahora tenemos ante nuestros ojos no conduciría a nada sustancial, como lo subrayan temas que le son queridos, como la defensa común. Imaginó una unión a nivel federal que no se limitaría a simples divisiones administrativas de los estados.

La idea era superar repentinamente la centralización del poder, tanto a nivel estatal como supranacional, poniendo en el centro a la persona y su comunidad territorial.

Dadas las condiciones actuales, esta posición no será práctica durante mucho más tiempo.

Referencia

About The Author