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Se habla mucho del estudio publicado en Ciencia En cuanto a la imaginación de los bonobos, especialmente en los medios de comunicación generalistas, explicaré sin embargo por qué se habla tanto de nada (o mejor dicho, es mucho, pero no es nuevo). En primer lugar, me refiero al trabajo recientemente publicado de un grupo internacional de etólogos y psicólogos comparados dirigido por Christophe Krupenyeinvestigador en Universidad Johns Hopkinsy por Amalia Bastos, deUniversidad de San Andrés. Su objetivo no era demostrar que los bonobos imaginan como los humanos, sino probar experimentalmente si un primate grande era capaz de mantener y manipular una representación mental de algo que no es directamente perceptible. Para ello, trabajaron sobre un sujeto con una historia cognitiva bien documentada: Kanziun bonobo estudiado durante décadas en centros de investigación estadounidenses, conocido por su capacidad para utilizar cientos de símbolos gráficos y comprender órdenes verbales complejas (tristemente murió el año pasado, a la edad de 44 años).

En este contexto, ciertos comportamientos observados en Kanzi llaman la atención porque recuerdan gestos humanos cotidianos, casi banales y, por tanto, interesantes a nivel cognitivo. En varias ocasiones, tanto en el contexto experimental como en interacciones más libres, Kanzi participó en juegos imaginarios muy similares a los de los niños pequeños: simular tomar un refrigerio, ofrecer comida inexistente, beber en vasos vacíos, utilizar objetos como si tuvieran una función distinta a su función real. En estos momentos no mostró confusión ni frustración por la falta de recompensa concreta, permaneció en la lógica de la situación imaginaria, es decir, mostrando la capacidad de reconocer que está jugando a fingir y mantener esta ficción en el tiempo.

Ejemplo, para entenderlo mejor: en experimentos reales, un investigador fingió verter jugo de una jarra vacía en dos vasos vacíos, luego movió este contenido imaginario y finalmente lo eliminó de uno de los dos. Para responder correctamente, Kanzi debía tener en mente un mapa coherente de un objeto que no existía físicamente. Y esto con una frecuencia mucho mayor que la del azar. En las variantes donde se presentaban vasos de jugo real y vasos de jugo imaginario, Kanzi distinguió correctamente los dos, demostrando que no confundía ficción y realidad. Pruebas similares con uvas imaginarias arrojaron resultados similares, lo que sugiere que no se trataba de una habilidad ligada a un solo objeto o contexto, sino más bien a un proceso mental más general.

Sin embargo, incluso antes de llegar a los primates, la literatura científica ya demostraba que determinadas especies animales eran capaces de operar sobre representaciones mentales que iban más allá del estímulo inmediato. EL cuervos son uno de los ejemplos más contundentes y estudiados: una larga serie de experimentos llevados a cabo por Nicola Clayton y su grupo en la Universidad de Cambridge, en colaboración con colegas como Nathan Emery, demostraron que ciertas especies de córvidos son capaces de planificar acciones futuras independientemente de su estado actual de motivación. En estos estudios, los cuervos seleccionan herramientas útiles para una tarea que les será ofrecida unas horas más tarde, o guardan alimentos en función de necesidades futuras y no inmediatas, y estas elecciones se producen incluso cuando el animal no tiene hambre o no tiene un problema que resolver delante de él, indicando una simulación mental de un posible escenario futuro, y esto ya constituye una forma avanzada de representación mental. Desde un punto de vista cognitivo, lo que emerge en el caso de Kanzi no equivale a imaginación creativa o imaginación narrativa en el sentido humano del término.

Específico del “sentido humano” porque Giorgio Vallortigaranuestro mayor neurocientífico, apodado por los medios “el Freddie Mercury de la neurociencia“, siempre enfatiza que nadie tiene “experiencia” de otras mentes (además, Other Minds es también uno de sus libros populares muy interesantes que recomiendo), sólo podemos intentar comprenderlas. Ser los únicos que creemos que tenemos una mente (a menudo distinta del cuerpo) es solo una vieja forma de antropocentrismo que es difícil de erradicar (como muchas otras creencias en nuestro cerebro).

Por otro lado, la literatura científica de las últimas décadas muestra una amplia continuidad cognitiva (si quieres hacerte una idea, de forma científica pero también lúdica, lee Los gatos lo saben. Comportamientos increíbles del mundo animal de nuestro científico y escritor Julia Bignami). Estudios sobre el lenguaje simbólico en primates, como los iniciados por Allen y Beatrix Gardner sobre el uso del lenguaje de signos en chimpancés, o investigaciones posteriores sobre bonobos entrenados para utilizar lexigramas en centros de investigación norteamericanos, ya han indicado que estos animales pueden referirse a conceptos, deseos y estados que no están inmediatamente presentes. Aunque estos resultados han sido muchas veces discutidos y en ocasiones cuestionados a nivel metodológico, la cuestión no es que Kanzi introduzca la imaginación en el mundo animal, sino que la hace observable y mensurable con más rigor (en otros animales, siempre estudiamos la punta del iceberg cuando hablamos de la mente).

Lo mismo ocurre con otros animales cognitivamente complejos (según Vallortigara, un cerebro más grande no implica mayor complejidad). En los elefantes, los estudios etológicos realizados por Cynthia Moss y otros investigadores sobre poblaciones africanas han documentado una memoria episódica y social altamente sofisticada, mientras que en los delfines, la investigación en varios centros de biología marina ha demostrado juegos complejos y uso creativo de objetos. Ninguno de estos casos proporciona evidencia idéntica a la obtenida con Kanzi y, sin embargo, todos indican que los elementos cognitivos subyacentes a la imaginación humana no surgen de la nada, sino de un continuo evolutivo.

Por supuesto que los periódicos dicen oh

hijos de Povia, y así lo recordéis, cuando os pregunten cuáles son los cinco grandes simios antropomórficos, que son el orangután, el gorila, el chimpancé, el bonobo y… si se os escapa el quinto, mirad al espejo, señoras.

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