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por Marco Valeri

Si esperábamos un respiro en 2026, aquí estamos engañado. El escenario internacional se ha transformado en un campo de minas donde los civiles explotan. Precisamente en estas páginas se discutió la hipótesis de que Europa activa el “instrumento anticoerción” (ACI). Un movimiento defensivo complejo. Pero si la geopolítica tiene su momento, la tecnología no espera. Desde Londres, donde trabajo como ingeniero de software, observo esta crisis desde la perspectiva de los datos. Porque si la confrontación con la arrogancia comercial de Trump elevara el listón, el verdadero bloqueo no afectaría sólo a las mercancías, sino también código que hace girar al mundo.

La soberanía digital que no tenemos
Necesitamos dejar de pensar en la “Nube” como una nube etérea. Piénselo como enormes ciudades amuralladas donde “viven” servicios esenciales: bancos, hospitales, motores de búsqueda y este mismo periódico. Si los datos no están en su teléfono inteligente, ellos estan ahi. Estas infraestructuras funcionan de maravilla, pero tienen un problema: la pasaporte. Están gestionados casi en su totalidad por tres gigantes estadounidenses: Amazon, Google y Microsoft. ¿Qué pasaría si la administración Trump, fiel a su retórica de “Estados Unidos primero”, utilizara la tecnología como influencia de negociación? ¿Qué pasaría si decidiera limitar el acceso a estos servicios para el Viejo Continente en respuesta a una sanción europea? Esto no sería un flaco favor temporal, sino una apagón sistémico.

La mayoría de las infraestructuras digitales europeas, públicas y privadas, se basan en una base repleta de estrellas. Si tiemblan, todo se derrumba. No hablo de no ver netflixpero la imposibilidad de proporcionar salarios, pensiones o acceder a datos de salud. Estamos siendo sometidos a un chantaje técnico.

Lógica de poder
¿Es este un escenario plausible? La racionalidad económica diría que no: cerrar servicios en Europa sería caro mil millones a las grandes tecnológicas. Pero la historia enseña que cuando la política alza la voz, la economía obedece. Y Trump demostró que no conoce tabúes. La dependencia del 100% de las tecnologías de otras personas en tiempos de paz es una comodidad; En tiempos de crisis, ésta es una debilidad estratégica imperdonable.

Si Europa pierde su memoria (y su inteligencia)
El riesgo se extiende a la inteligencia artificial. No se trata sólo de dónde almacenamos los datos, sino también de quién nos proporciona las herramientas para procesarlos. Los “cerebros” digitales que reescriben la obra (ChatGpt, Gemini, Claude) son todos exterior. Estas herramientas no son juguetes, ahora son prótesis esenciales para la productividad de las empresas y la ciencia. Perder el acceso a él nos haría irrelevante. En una economía basada en la velocidad de procesamiento, una Europa aislada de la IA estadounidense sería un continente tecnológicamente silencioso.

El verdadero rearme debe ser digital
Se habla mucho de rearme militar. Puede que sea necesario tener precaución, pero limitarnos a contar tanques mientras subcontratamos datos estratégicos a potencias extranjeras es una contradicción histórica. Como técnico que trabaja “entre bastidores”, sólo veo una salida: invertir masivamente en la nube soberana y europea y en la IA. Esto no es nacionalismo, es supervivencia. Sólo así podremos sentarnos en las mesas internacionales como socios y no como sujetos. La verdadera soberanía, en 2026, se medirá en servidores y algoritmos. Hasta que construyamos nuestras propias “ciudades digitales”, siempre seremos inquilinos de las casas de otras personas. Y la renta, en términos de libertad política, corre el riesgo de volverse demasiado alta rápidamente.

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