El debate suscitado por el artículo de Mario Pepe, presidente de Covip, publicado en Il Sole 24 Ore del 11 de febrero, destaca un paso decisivo: la asistencia sanitaria complementaria ya no es un segmento marginal de la asistencia social, sino un componente estructural del sistema. Después de años definidos como el “salvaje Oeste”, el Gobierno – recordando el artículo 29 del decreto legislativo que aplica el Pnrr – finalmente está poniendo en marcha un sistema de control. Este es un paso necesario. Las cifras hablan por sí solas: entre fondos registrados y entidades no registradas, los recursos destinados al seguro médico complementario se sitúan actualmente entre 4.500 y 5.000 millones de euros al año. Una masa crítica que impone reglas, transparencia y rendición de cuentas.
Un tema estratégico
Pero la cuestión no es simplemente ordinaria sino estratégica. Estamos atravesando una fase histórica en la que Europa ha optado por invertir en la economía social, adoptando un Plan de Acción para la Economía Social que Italia ha aplicado y desarrollado. En este contexto, la asistencia sanitaria complementaria y la ayuda mutua no son un anexo del sistema, sino una de las palancas que nos permite repensar la protección social, particularmente ante la crisis estructural del Servicio Nacional de Salud, el crecimiento del gasto privado y el aumento exponencial de las enfermedades crónicas y la falta de autosuficiencia.
Las mutuas en una encrucijada
El sistema mutualista está llamado a decidir qué papel quiere desempeñar. No se trata de reivindicar un espacio subjetivo, sino de clarificar el complemento de objetos: para quién trabajamos y en relación a qué necesidades. Hoy en día, el verdadero desafío es el de los cuidados de larga duración, que se ocupan de la cronicidad, la fragilidad y la discapacidad. Nuestro Servicio Nacional de Salud, nacido en 1978, ganó la dura batalla, pero descuidó durante décadas el desarrollo de un sistema fuerte de atención primaria y territorial, como pedía la OMS. Resultado: la parte más cara y compleja de la demanda de atención –la vinculada al envejecimiento y las últimas etapas de la vida– pesa sobre un sistema hospitalario diseñado para otras funciones. Aquí, la atención integral en salud puede y debe ser protagonista, pero en una lógica complementaria y solidaria, y no sustitutiva.
Aclarar
Es fundamental aclarar también a nivel “ontológico” la diferencia entre mutuas y seguros. La mutua es una entidad en la que participan sus miembros, basada en la gobernanza democrática y la solidaridad intergeneracional; El seguro opera según una lógica actuarial y contractual. No se trata de establecer jerarquías morales entre el bien y el mal sino de reconocer diferentes naturalezas y funciones jurídicas. La confusión de los dos niveles produce distorsiones regulatorias.
El paradigma de las “5R”
Por eso saludamos el establecimiento de una supervisión técnica encomendada a Covip, pero pedimos que no se limite a los aspectos económico-financieros. La sostenibilidad financiera es esencial, pero no suficiente. Es necesario medir los resultados de salud, la calidad de los servicios, la contribución real a la reducción de las desigualdades. La normativa debe adaptarse a la entidad supervisada y ser coherente con su función social. Como sistema cooperativo, llevamos años proponiendo un paradigma claro: las 5R. Dirección única, para superar la fragmentación institucional. Normas claras y uniformes en todo el territorio nacional. Roles definidos, distinguiendo integración de reemplazo. Redes territoriales, porque el bienestar no es la suma de piezas aisladas sino un rompecabezas a estructurar orgánicamente. Recursos humanos, potenciando a médicos generales, farmacéuticos de guardia, cooperativas sociosanitarias y mutuas en una arquitectura integrada.