Mientras el frente se agacha como un animal cansado y la guerra parece suspendida en un suspiro, es la política la que gana al reloj, más testaruda que los tanques y más venenosa que la artillería. La entrevista que el presidente ucraniano Zelensky concedió a Simon Shuster, autor de su biografía The Showman, que explora sus ambiciones y sus soledades, encaja precisamente en este contexto. Es una conversación larga, casi una batalla de palabras. Y Zelensky, con su voz que alterna entre teatro y trincheras, rechaza sin dudar el cómodo cuento de hadas de una Ucrania doblegada, exhausta, dispuesta a ceder. La guerra, admite, es agotadora militar, demográfica y psicológicamente. Pero esto no es una rendición. “Kiev sigue resistiendo, manteniendo una capacidad estratégica y, sobre todo, rechazando la idea de una paz rápida basada en concesiones impuestas desde fuera”. Cualquier acuerdo que no incluya garantías sólidas, principalmente de Estados Unidos y Europa, sería más peligroso que continuar el conflicto. Porque congelaría la guerra sin resolverla, dejando a Moscú libre para volver a intentarlo. De ahí la conciencia política: “Cualquier compromiso territorial no sólo sería difícil de digerir, sino potencialmente explosivo para la estabilidad interna del país”. No es casualidad que Zelensky plantee la hipótesis de un referéndum, como instrumento de legitimación democrática de decisiones que marcarían una generación.
Además del encuentro cara a cara con Shuster, la diplomacia se desarrolla en dos etapas clave. Por un lado, la Conferencia de Seguridad de Munich, donde el líder de Kiev se reunió con interlocutores europeos y americanos para relanzar la exigencia de una mayor presión sobre Moscú; aprovechar las nuevas garantías de apoyo militar, económico y energético del llamado “formato Berlín”, que reúne a ciertos líderes europeos, entre ellos Mark Rutte, Keir Starmer, Donald Tusk, Mette Frederiksen y Friedrich Merz. Por otra parte, se espera que Ginebra acoja una nueva ronda de negociaciones trilaterales entre Estados Unidos, Rusia y Ucrania los días 17 y 18 de febrero. El formato, en el que Rusia tal vez se presentaría sin Dmitriev, sustituido si fuera necesario por el asistente presidencial Medinsky, excluye a la UE. Una elección que pesa mucho y dice mucho sobre el equilibrio en juego: Washington sigue siendo el verdadero eje de la mediación, mientras que Europa observa al margen, pero está perfeccionando el vigésimo paquete de sanciones. Oumerov habla de conversaciones “serias y responsables”, pero el contexto es frágil. Estados Unidos, según rumores de funcionarios de la Casa Blanca, no tiene intención de ofrecer garantías de seguridad antes de llegar a un acuerdo. Y el acuerdo está bloqueado por el problema principal: los territorios ocupados, Moscú reclamando el control de Donbass y Kiev negándose a cualquier transferencia. Trump insiste: “Zelensky debe actuar. Rusia quiere llegar a un acuerdo. Debe actuar, de lo contrario perderá una gran oportunidad”.
En Munich, el Secretario General de la OTAN, Rutte, eligió una metáfora que perdurará.
El oso ruso avanza no como una fuerza imparable, sino “a la velocidad de un caracol de jardín”. Las cifras son impresionantes: 35 mil muertes en diciembre y 30 mil en enero. Putin sigue buscando refuerzos. Llegan a Kursk 11.000 soldados norcoreanos y 2.000 de Kenia.