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A veces, da pena decirlo, sorprende la falta de pudor en el comportamiento y, sobre todo, la alergia a las excusas de quienes tienen un rol público. El último episodio se refiere al fiscal más famoso de Italia, Nicola Gratteri, quien, en su deseo de interpretar mejor el papel de testigo del Frente del No en el referéndum, hizo una declaración que, incluso en el repertorio folclórico y airado que caracteriza esta campaña, puede considerarse una hipérbole: entre los que voten por el Sí, habrá – afirmó Gratteri en una entrevista – “investigadores, acusados, masonería desviada y centros de poder que no tendrían una vida fácil con una justicia efectiva”. En la imaginación del magistrado, más de la mitad de los italianos (teniendo en cuenta las encuestas) serían por tanto delincuentes, encapuchados y espías porque no comparten su opinión sobre la cuestión. Una visión global y –por decirlo suavemente– antidemocrática, dado que sólo en los regímenes se considera criminal a quien piensa diferente (doctrina de Putin).
Pero lo que más me llamó la atención – lo digo con el mayor respeto – fue la forma en que Gratteri intentó remediar su error: mis palabras – denunció – fueron explotadas. Ahora bien, como este vídeo no contó con IA, podemos descartar que se trate de una imagen artificial. El intento de defensa aparece, por tanto, como una parodia de una comedia italiana que en el tribunal – como todo magistrado sabe bien – no tendría excusa, sería considerada una ofensa a la inteligencia del tribunal.
Este episodio se inscribe en esta costumbre que se convierte en un vicio peligroso de las clases dominantes y de quienes las desafían: antes no era así, pero hoy, si se sufre un accidente de este tipo, no es de buen gusto decir “cometí un error”, admitir el error y dar un paso atrás para recuperar la confianza de la opinión pública. No, nos mantenemos firmes en nuestras posiciones, nos inventamos enemigos y recurrimos al expediente de denunciar “explotaciones” mal definidas. Aunque el episodio del vídeo parece claro, se considera oscuro. En resumen, tenemos el descaro de apoyar la idea de transformar el blanco en negro.
Es Trump quien, ante las imágenes del activista recibiendo cinco disparos de agentes de inmigración mientras se encontraba indefenso en el terreno, se refugia en una frase sin sentido para decir sólo que “él lo pidió”. Odias a este diputado de Avs. que para exorcizar el vídeo de este manifestante de Turín golpeando a un oficial con un martillo, inventemos que los enfrentamientos fueron una “trampa” imaginada por el Ministro del Interior.
En el mundo actual, las imágenes son evocadoras, se convierten en símbolos y deben ser tratadas con respeto para no tener consecuencias mucho peores: el vídeo de Minneapolis – basta ver las encuestas hará que Donald pierda las elecciones de mitad de mandato.

Por eso a veces es más prudente decir “me equivoqué”, pedir disculpas ante las pruebas y quizás repetir para mantener el punto de que la reforma somete -este es un punto de vista legítimo que no comparto- a los magistrados al gobierno. Admitir un error es un signo de grandeza, negar lo obvio se considera una hipocresía infantil.

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