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Huecos de bala, ropas hechas jirones y rastros de sangre atestiguan la violencia del asalto lanzado por la policía el 22 de enero en la aldea de Msila, a 40 kilómetros al sur de Kasserine, en el centro de Túnez. Alrededor de una choza abandonada, tres cintas amarillas colocadas en el suelo marcan el lugar donde dispararon a los terroristas.

“El último está volado”explica Rafiq Alaoui, señalando un muro parcialmente destruido. “Provienen de la misma familia, de Hassi El Frid, una ciudad muy pobre. Eligieron esconderse en Msila porque aquí ya casi nadie vive”, añade el agricultor, cuyos campos dominan el escenario del enfrentamiento. Le asegura que nunca se ha encontrado con yihadistas en la zona.

En la frontera con Argelia, la región, una de las más pobres y marginadas del país, está salpicada de llanuras y montañas rurales. En 1943 estos relieves sirvieron como base defensiva para el Afrika Korps -los batallones alemanes que lucharon en el norte de África durante la Segunda Guerra Mundial- en Túnez, antes de que el cuerpo de ejército se rindiera a las fuerzas aliadas. Unos diez años después, las cumbres albergaron a grupos de resistencia a la colonización, los Fellaga.

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