De todos es conocida la famosa imagen que abre el Diálogo de los dos sistemas principales de Galileo (1632). Se trata del grabado realizado por Stefano della Bella para el frontispicio del volumen: la página ilustrada que, en los libros del siglo XVII, precedía a la portada y ofrecía al lector una clave visual de la obra. A la izquierda aparecen Aristóteles, viejo y calvo, y Ptolomeo con turbante; a la derecha, separado de ellos, Copérnico con el tricornio del canon.
Una distancia que no es sólo espacial, sino conceptual, y que resume en imágenes el conflicto entre el conocimiento tradicional y el moderno. De esta manera, el escenario anticipa lo que sucederá durante los cuatro días del Diálogo: una animada discusión en la que el sistema heliocéntrico de Copérnico contrasta con el sistema geocéntrico de Aristóteles y Ptolomeo.
Aunque universalmente conocido, este grabado esconde un detalle curioso, quizás pasado por alto: los rostros de Aristóteles, Ptolomeo y Copérnico tienen los mismos rasgos y todos reflejan la fisonomía del propio Galileo. Por tanto, se da la impresión de que Galileo es al mismo tiempo Copérnico, Aristóteles y Ptolomeo. No sólo en el sentido casi obvio de que es siempre él quien expresa sus doctrinas, sino en un sentido más profundo: las conoce muy bien desde dentro y las evalúa con perspicacia, identificando los elementos que hay que aceptar y los que hay que rechazar.
La interpretación sugerida por el frontispicio encuentra hoy una confirmación concreta en el ejemplo del Almagesto anotado por Galileo, encontrado por Ivan Malara en la colección Magliabechiano de la Biblioteca Nacional Central de Florencia. Es un testimonio tangible de que Galileo, en su juventud, había leído y estudiado el texto de Ptolomeo, analizando cuidadosamente sus detalles técnicos y sus complejas demostraciones matemáticas. Con este descubrimiento, Malara, autor ya de un libro documentado sobre el tema (Galileo’s and the Almagest, c. 1589-1592, Palgrave-Macmillan 2024), demostró que la innovadora elección copernicana de Galileo se basaba en un conocimiento preciso y reflexivo de la obra de Ptolomeo.