La reciente decisión de la Corte Suprema de invalidar los aranceles comerciales impuestos por la administración Trump, aunque en el contexto de la interacción de controles y contrapesos previstos por el sistema constitucional estadounidense, representa uno de los momentos de máxima fricción entre los poderes ejecutivo y judicial en los últimos años. Más allá de las cuestiones jurídicas, el mapeo del voto ofrece una ventana privilegiada a las corrientes políticas que, sin embargo, pasan por la Corte Suprema. Si el frente progresista se formó como un bloque de resistencia sólido, con los tres jueces nombrados democráticamente firmemente alineados contra la política arancelaria, se produjo una división real dentro del componente conservador.
El meollo del veredicto reside en el comportamiento de los seis jueces de la zona republicana. Contrariamente a lo que sugeriría una visión monolítica del conservadurismo judicial, solo tres de ellos apoyaron la línea de la Casa Blanca, mientras que tres de ellos resultaron decisivos para anular el resultado: el presidente del Tribunal Supremo, John Roberts, la jueza Amy Coney Barrett, la última opción, y Neil Gorsuch, nombrado por Trump durante su primer mandato en 2017.
El papel de John Roberts fue el verdadero quid de la decisión. Como presidente del Tribunal Supremo, Roberts tiene la prerrogativa de autorizar la opinión mayoritaria si está del lado ganador y, en la práctica, su posición es la primera en cristalizar en discusiones internas. Roberts, nombrado en 2005 por George W. Bush, es heredero de la tradición política de la familia Bush, una dinastía que siempre ha visto con extremo recelo el populismo proteccionista de Trump. La relación entre los Bush y Trump no sólo está marcada por resentimientos vinculados a la carrera política de Jeb Bush, efectivamente superada e interrumpida por el ascenso de Trump, sino que hunde sus raíces en las fuertes críticas dirigidas entonces por Trump con respecto a la gestión de la guerra en Irak y a los costosos compromisos militares en Oriente Medio.
Este contraste refleja una profunda división ideológica entre el conservadurismo institucional, liberal e intervencionista de la vieja guardia y el actual nacionalismo económico y aislacionista encarnado por Donald J. Trump. Al votar en contra de los aranceles, Roberts actuó no sólo como guardián de las prerrogativas del Congreso, sino también como último bastión de una filosofía republicana que considera el libre mercado como un dogma intocable.
Esta decisión creó el espacio político necesario para Barrett. La posición de Roberts dejó claro que la Casa Blanca no tendría mayoría, convirtiendo el voto de Barrett en un gesto con un fuerte valor simbólico y protector de su propia imagen. Aunque fue nominada por Trump, Barrett ha demostrado en repetidas ocasiones que quiere separar su perfil del de una jueza activista leal a quien la nominó. Por lo tanto, su elección de unirse al presidente Roberts no es nada sorprendente.
En este sentido, su decisión puede leerse como una maniobra política de autoconservación.
De este modo evitó vincular inextricablemente su nombre a una política económica a la que se oponen grandes sectores del mundo republicano, una precaución necesaria para quien, siendo el más joven de los nueve jueces, está destinado a ocupar este sillón durante décadas.