Esta mañana comenzó la pesadilla francesa. Anoche, un candidato de un partido extremista ganó las elecciones presidenciales, después de una segunda vuelta sin precedentes: un extremo enfrentado al otro. No importa cuál ganó. Lo que importa es lo que desencadena esta victoria: Francia se ve envuelta en este duelo mortal. Porque los extremos nunca se calman: cuando ganan, fallan en su contra.
Cuando pierden, lo disputan todo. Para ellos, la victoria no extingue el radicalismo, lo coloca en el poder. La derrota no lo atempera, sino que lo exacerba. Francia no ha caído en un régimen autoritario, sino en algo más insidioso: la desconfianza generalizada. La mitad del país duda de la legitimidad del otro. El bando derrotado habla de fraude, ilegitimidad, manipulación. Las redes están en llamas.
Las instituciones están bajo sospecha. La policía, los jueces y los periodistas se convierten en objetivos simbólicos. El ganador promete orden. El desvalido, la resistencia. Se produce un enfrentamiento cara a cara, sin armisticio posible, donde cada uno sólo ve una salida aplastando al otro. La mecánica es conocida. El gobierno está endureciendo su retórica en nombre de la estabilidad imperativa. La oposición se está radicalizando en nombre de la justicia.
Cualquier exceso de uno sirve como argumento a favor del otro. Toda comparación se convierte en una justificación. Este clima produce lo peor: la confrontación permanente. La política deja de ser un debate. Se convierte en una prueba de fuerza. Y en este contexto el camino nunca está lejos. Y lo que podría parecer nada más que una anticipación política, lamentablemente ya tiene un precio: vidas humanas. Clément Méric, en 2013, no es sólo noticia. Fue asesinado en un contexto que involucraba a activistas de extrema derecha. Fue una advertencia.
Quentin Deranque, la semana pasada, en un clima de confrontación que involucra a activistas de extrema izquierda, está ahora en alerta. Dos violencias políticas. Dos caras del mismo engranaje. La misma tragedia: la muerte de un niño. Luego viene la miserable recuperación. La emoción apenas se ha expresado cuando algunos miembros de la extrema derecha la aprovechan para absolver su pasado, señalando a la extrema izquierda como el único peligro para nuestra democracia y presentándose como los únicos garantes del orden republicano.
Todo el mundo necesita que su oponente exista.
En el mismo movimiento de extrema izquierda, otros rechazan cualquier responsabilidad, atribuyendo la violencia a pura provocación del adversario, como si la escalada nunca hubiera sido apoyada por ambas partes. La memoria se convierte en un arma. Dolor, una discusión. Náuseas. Dos bandos se lanzaron a una carrera frenética por el poder: la combinación es explosiva. Uno se sitúa a sí mismo como baluarte contra el caos que denuncia. El otro se alimenta del miedo a la deriva que anuncia. Todo el mundo necesita que su oponente exista.
Ocupan metódicamente todo el espacio para convertirse en los únicos polos visibles. Amplificada por la lógica mediática, esta aparente confrontación va instaurando este duelo, hasta volverse casi inevitable. El país está en un aprieto. Seamos honestos, su progreso no se debe sólo a su estrategia. Los partidos gobernantes han decepcionado. Han cometido errores, a veces graves, y han dejado a una parte del país sintiéndose abandonada. Algunos de sus líderes creían que podían capturar a este electorado abordando sus problemas, desdibujando las líneas y trivializando aquello por lo que se suponía que debían luchar. La trampa está ahí.
La banalización de los extremos ha alterado el discernimiento de algunos de nosotros, convencidos de que votando por uno rechazamos el otro, considerado más brutal, más peligroso, más incontrolable. Como si un extremo pudiera actuar como escudo contra el otro. Este cálculo es una ilusión trágica: creer que rechazamos a uno eligiendo el otro significa en realidad alimentar la espiral que terminará por imponernos uno y luego el otro a largo plazo. Francia ya ha atravesado crisis económicas, sociales e internacionales. Lo que menos tolera es la erosión de la confianza cívica.
Una democracia no sólo muere cuando desaparecen las libertades: desaparece cuando se anima a los ciudadanos a negar a otros el derecho a gobernar. Al presentar las próximas elecciones presidenciales como un duelo inevitable, sobre la base de que todo está demostrado, nosotros mismos contribuimos a organizar este enfrentamiento. En esta lógica no puede haber un ganador reconocido ni ninguna estabilidad posible. Uno hoy. Anteayer. Y, en el medio, un país que se está desgarrando.
Una pesadilla no termina por sí sola. No hay fatalidad; nos despertamos. Todavía tenemos que abrir los ojos. Todo depende de nuestro comienzo. Rechacemos juntos la resignación, el cinismo y la indiferencia. Rechazamos este juego en el que cada extremo sólo está legitimado por la amenaza del otro. Con esta condición, Francia podrá encontrar un camino pacífico, fiel a sus principios republicanos.