Hay convergencias en las que insistimos antes de que se impongan. El derecho digital y el derecho medioambiental son uno de ellos: inevitables, urgentes, pero todavía muy poco teorizados.
Imaginemos el siguiente escenario, que ya no es ciencia ficción: un grave accidente industrial provoca una enorme contaminación. Al mismo tiempo, un ciberataque paraliza el centro de datos encargado de monitorear el sitio. La alarma no suena. Las medidas de emergencia no están activadas. El desastre va en aumento. Este fallo informático ya no es un simple riesgo técnico: se convierte en un multiplicador del desastre ecológico.
Este riesgo híbrido ilustra una nueva realidad que la ley apenas comienza a comprender: la falta de disponibilidad o inexactitud de los datos ahora puede causar –o empeorar significativamente– daños ambientales. Los datos corruptos o un algoritmo defectuoso pueden inducir a error a los operadores y a las administraciones y dar lugar a delitos medioambientales inadvertidos pero devastadores. La seguridad ambiental ya no puede concebirse sin una gobernanza rigurosa de las infraestructuras digitales que la sustentan.
Datos, nueva infraestructura regulatoria
Europa lo entiende. A través de la CSRD sobre informes de sostenibilidad, la CS3D de deber de vigilancia y la taxonomía verde, ha construido una verdadera gobernanza a través de los datos. Lo que no se mide, estructura y publica simplemente no existe en la toma de decisiones económicas. La transparencia ya no es una opción ética: es un estándar de mercado y pronto un estándar de prueba.
Porque los datos ambientales han cambiado en la naturaleza. Ya no es un simple indicador de medición. Se ha convertido en la herramienta de prueba en los planes de supervisión, la base de las directrices de la taxonomía financiera y pronto –no lo dudemos– el terreno para una nueva generación de litigios industriales y climáticos. Dominar los datos ahora significa controlar el riesgo legal en sí.
Decidir a pesar de la incertidumbre
Los datos aún deben ser útiles para la decisión. Los datos son verdaderamente operativos sólo cuando nos permiten decidir entre actuar y observar. Para ello debe ser científicamente creíble, legible en términos de umbrales de alerta, compatible con el momento de la decisión y evaluado con respecto a la relación riesgo-coste-responsabilidad.
Es aquí donde el principio de precaución vuelve a encontrar su relevancia: permite la intervención cuando los riesgos son graves o irreversibles, incluso sin una certeza científica completa, siempre que las medidas sigan siendo proporcionadas y reevaluables.
Los umbrales ambientales nunca son puramente científicos: son políticos, negociados, arbitrados. No son los datos los que deciden: son los que autorizan o bloquean la decisión. Comprender esta diferencia es esencial para cualquiera que asuma la responsabilidad.
Ser defendible en lugar de inocente
Este desarrollo renueva profundamente la noción misma de responsabilidad. Una organización ya no es “defendible” porque correría un riesgo cero (nadie lo es), sino porque puede demostrar, a posteriori, que ha identificado sus riesgos, ha aplicado medios proporcionados, ha organizado una mejora continua y ha documentado sus compromisos.
Este paso es fundamental: lo que importa ya no es sólo tener procedimientos, sino poder explicar de manera creíble sus elecciones ante el juez, las víctimas o el público.
El derecho ambiental entra así en un régimen de gobernanza en el que la protección ambiental depende estrictamente de la solidez y transparencia de las infraestructuras digitales que producen las figuras en cuyo nombre actuamos.
Un diálogo necesario
Esta convergencia entre el derecho digital y el derecho ambiental no es una moda pasajera. Delinea los contornos de una mayor rendición de cuentas, donde los datos se convierten a la vez en una brújula y una salvaguardia.
La cuestión ya no es si estas dos áreas deberían comunicarse: ya lo hacen, nos guste o no. La cuestión es cómo organizar este diálogo para que sea operativo, creíble y defendible.
Se trata de construir sistemas que permitan no sólo medir e informar, sino anticipar, decidir y justificar, con método, proporcionalidad y transparencia. Porque sin datos fiables no hay decisión informada ni asunción de responsabilidad.