“¿Dónde estábamos?”, se dice que dijo Enzo Tortora. Hace ahora trece años, David Rossi (en la foto) fue probablemente atacado y golpeado en su oficina, colgado de la ventana, agarrado del brazo y dejado caer, por error o intencionadamente, y finalmente dejado morir durante casi una hora por personas que entraban y salían de la sede del MPS en Rocca Salimbeni sin ser identificados.
Es lo que indican los informes del forense Robbi Manghi y del teniente de Ris Adolfo Gregori presentados ayer a la comisión de investigación: “Las lesiones en la cara serían compatibles con presiones en la cara y en la cabeza ejercidas por terceros contra la barra de seguridad, con los alambres metálicos antipalomas presentes en el alféizar de la ventana o en el marco de madera de la ventana” desde donde cayó. “El cuerpo de David Rossi nos dice una vez más que estas lesiones no son consecuencia de un suicidio”, subraya el abogado Carmelo Miceli, ex parlamentario del PD que, según algunos, era candidato “pero en una posición no elegible, como por despecho”. Es el abogado de Antonella Tognazzi, viuda del maager mencionado el 6 de marzo de 2013, destacando que la dinámica de lo que precedió a la caída “tuvo un impacto en el propio vuelo”. Ahora está claro para todos que lo golpearon, “lo sacaron por la ventana y que no es un suicidio – insiste Miceli – Lo único que me sorprende es que haya sido necesario 13 años para llegar allí”. Los familiares siempre han dicho que se trató de un asesinato, las fotos de la autopsia lo dicen, los montones de documentos presentados por las dos comisiones de investigación sobre la muerte del director que los fiscales y los tribunales prefieren desairar, la escena del crimen quedó comprometida por la complacencia con la que los fiscales investigadores manejaron pruebas muy delicadas, como los pañuelos manchados con su sangre derramados inesperadamente sobre el escritorio.
Más allá de las posibles pistas vinculadas a la ‘Ndrangheta, a la cuenta del Banco de Mantua que Rossi habría confiscado en su teléfono móvil, al ataque para amenazarlo o para extorsionarlo con dinero o promesas que terminó mal o a las veladas alegres en las que habrían participado los mismos magistrados que investigaban y en las que intentaron “seguirle la sombra”, sin las cuales se habría corrido el riesgo de explotar “una bomba moral” que habría desbordado a la justicia y a “Sienna”. bene”, que se divirtieron mucho allí, las Hienas se empeñan en hacer una sola pregunta, hasta el punto de terminar en prisión en Génova, arrastradas por los fiscales, que también son un poco torpes: ¿por qué no reabren las investigaciones?
Errar es humano, persistir es diabólico. Considerar el suicidio como una hipótesis que se transmitiría esa noche a los habituales periódicos complacientes y envenenar así los pozos no ayudó a cerrar un caso embarazoso. En efecto, la prisa con la que todo fue archivado (en Siena pero también por la fiscalía de Génova), el “nada hecho” por el CSM sobre los delicados perfiles disciplinarios que surgieron de las audiencias de la comisión y de las pruebas – y la consiguiente promoción de los fiscales implicados – alimentaron la sospecha de secretos inconfesables. Secretos que no sólo se refieren al hundimiento del banco histórico, ahora saneado y protagonista del riesgo financiero gracias sobre todo al dinero de los italianos.
Pero complots que podrían haber llevado al Partido Demócrata y su sistema de poder que hoy apenas sobrevive en Siena, bastión electoral elegido incluso por Enrico Letta para regresar al Parlamento y desplomarse de nuevo en las urnas. Los familiares de Rossi merecen la verdad, por sucia y apestosa que pueda parecer a quienes la custodian a toda costa. Sabremos más el 6 de marzo en Siena.