EL bata blanca del futuro no tiene fibras textiles, sino circuitos, y su voz es el zumbido constante de un camarero. Si hasta ayer el error clínico era considerado una variable estadística inevitable, hoy las 2 millones 600 mil muertes anuales por diagnósticos erróneos representan un desafío que la inteligencia artificial promete afrontar. Giuseppe RemuzziEl director del Instituto de Investigaciones Farmacológicas, Mario Negri, afirma que la IA es ahora mejor que los médicos de carne y hueso, y prevé un futuro en el que la tecnología reducirá significativamente estas trágicas estadísticas.
La verdadera dimensión digital de esta superioridad la dan herramientas como el orquestador de diagnóstico de Microsoft basado en ChatGPT, capaz de resolver 8 casos clínicos complejos de 10 donde los profesionales humanos se detienen en solo 2 éxitos. Esta eficacia quirúrgica también tiene ya sus puestos físicos, como un Pekín donde está operativo desde el año pasado el gigantesco Hospital Cheng Show, con 42 médicos virtuales y enfermeras robóticas repartidos en 21 departamentos, capaces de atender 10.000 diagnósticos en pocos días.
Sin embargo, esta aceleración que promueve la salud no está exento de otros problemas. Mientras que la India se centra en modelo de lenguaje pequeño Para democratizar y facilitar el acceso a la atención sanitaria en el país más poblado del mundo, los padres de la IA moderna, desde Sam Altman hasta Demis Hassabis, advierten que la velocidad de la automatización ha superado las predicciones de seguridad iniciales.
El impacto de esta revolución histórica ya está repercutiendo en las capacidades cognitivas de las nuevas generaciones. Estudios como los del neurocientífico Jared Cooney Horvath destacan cómo “Generación Z”el de las personas nacidas entre 1997 y 2012, es el primero en la historia de la humanidad que muestra un coeficiente intelectual más bajo a la de los padres. Una involución cognitiva atribuida no sólo al consumo bulímico de contenidos digitales con textos muy breves, sino también al abuso de la IA para la ejecución de tareas escolares, que aparentemente atrofia la capacidad de análisis en profundidad, la memoria y el pensamiento crítico de los jóvenes.
En este escenario de opacidad tecnológicaAparece la figura utópica del inventor Roberto Masini en quien se realiza un contramovimiento simbólico con su dispositivo Teravac. Con este ordenador casero que utiliza únicamente relés, Masini intenta hacer visibles los pasos lógicos de las máquinas, transformando la “caja negra” del algoritmo en un proceso físico, transparente y comprensible para el ojo humano.
Mientras tanto, la línea entre lo biológico y lo sintético se está volviendo aún más sutil con robots humanoides como Moya, producidos por la empresa china Droidup y que cuentan no sólo con características humanas casi perfectas sino también con calor corporal. Pero es en la gestión de memoria que la tecnología de IA está intentando superar definitivamente a la naturaleza.
La última frontera no consiste en cuidar a los vivos, sino en Automatización de ausencias. El habitual Mark Zuckerberg patentó recientemente, a través de Meta, “clones digitales” de fallecidos. Se trata de simulacros entrenados a partir de publicaciones, me gusta y comentarios del fallecido, capaces de seguir interactuando online con su red de amigos y conocidos incluso después de la muerte del propietario.
Es la transformación definitiva depatrimonio humano en un algoritmo eterno y recursivo, una patente que promete hacer inmortal nuestra presencia social o, tal vez, simplemente incansable en su replicación artificial.