Las acciones de Donald Trump – como también escribió nuestro director Tommaso Cerno – han empujado a las autoridades europeas a repensar su política de defensa. En definitiva, los archivos han despertado teorías, limitado la expansión del tercermundismo y frenado el ambientalismo ideológico para volver a un enfoque pragmático de los problemas cruciales del viejo continente. Y en una Europa donde prevalecen la inestabilidad y la fragilidad de los gobiernos, Italia, gracias a su sólida mayoría parlamentaria y a la capacidad diplomática del Primer Ministro Meloni, ha vuelto al centro de la escena internacional, actuando también como “un puente entre líderes incapaces de dialogar” (C. Cerasa).
El reposicionamiento de las grandes potencias mundiales en formato de viejos imperios, con los apetitos y las trampas de nuevas formas de dominación, desde la IA hasta los grandes portaaviones como el Fujian (chino), están obligando a la UE a darse una nueva fisonomía defensiva. En un estado de guerra, en una carrera armamentista, donde no hay tiempo para pensar en la fisonomía política que Europa podría adoptar en un futuro próximo, la primera opción es garantizar la defensa de nuestra democracia liberal. En este escenario, Italia también puede presumir de tener un acceso prioritario a la mesa de negociaciones. Y la razón es muy sencilla. La gran tradición liberal italiana, en la que necesariamente debe apoyarse este gobierno, está estrechamente vinculada a la época de la gran “Europa patria”.
Pongamos algunos ejemplos: Camillo Benso, conde de Cavour, además de su personal educación cosmopolita, encontró en la Francia de Napoleón III un valioso aliado en el proyecto de ampliación del reino de Cerdeña. Benedetto Croce, en una de sus mayores obras maestras, “La Historia de Europa”, analizó una unión entre países europeos inspirada en el faro, en la religión de la libertad. El clímax se produjo, tras la dramática experiencia fascista, con la llegada de Alcide De Gasperi. El gobierno del estadista trentino, apoyado en lo más alto por figuras de gran importancia política y cultural como Luigi Einaudi, Ugo La Malfa, Gaetano Martino, Carlo Sforza, Nicolò Carandini y Aberto Tarchiani (etc.), sentó las bases no sólo para la reconstrucción democrática sino también diplomática de Italia. Desde la Alianza Atlántica hasta la CEE, el gobierno italiano ha logrado encontrar una centralidad difícil.
Y cuando en 1954 la Francia del presidente del Consejo socialista Pierre Mendès-France votó contra la ratificación del Tratado por el que se instituía la CED, el Ministro de Asuntos Exteriores Martino convocó a la “pequeña Europa” en Messina y Taormina (del 1 al 3 de junio de 1955). Italia se convirtió en protagonista y sentó las bases de los futuros Tratados de Roma de 1957 por los que se creaba la CEE y el Euratom. Pero ninguno de estos padres logró ver el nacimiento de una defensa europea común. Pero quizá aún no había llegado el momento.
Hoy, el
El Presidente Meloni y el Ministro Tajani, ayudados por los conflictos bélicos en curso, tienen una gran tarea: honrar la memoria de los padres fundadores de la República y escribir una nueva página en la historia italiana y, por tanto, europea.