Los médicos le dieron dos años de vida. Una década después, Xavier Bertrand abre sus puertas para contarnos su incansable lucha contra la enfermedad, para describir el deseo de vivir que lo anima y explica su excepcional longevidad. A su manera y sólo con la mirada.
En realidad es una mujer vestida de enfermera, enmascarada y enguantada, quien nos recibe en la entrada de este bonito apartamento situado a dos pasos del castillo de Saint-Germain-en-Laye (Yvelines). Leana es la asistente personal de Xavier que espera en su habitación. Su rostro se ilumina, como suele ocurrir durante nuestra entrevista, luego su mirada se dirige hacia el biombo pegado a la cama donde está literalmente clavado.