“Si me hacen una radiografía verán toda la tristeza acumulada en mí”. En pocos días, en el otoño de 1973, Flor Lazo perdió a su padre, dos hermanos y dos tíos paternos. A sus 65 años, todavía se le llenan los ojos de lágrimas cuando habla de los soldados que irrumpieron en la modesta casa de la familia a las 4 de la mañana del 16 de octubre. Comenzaron apuntando a su madre antes de ordenarle a su padre, Samuel (49), y a sus hermanos, Samuel del Tránsito (24) y Luis Rodolfo (20), que los siguieran. La pequeña Flor tenía entonces sólo 13 años. “Nunca los volvimos a ver, esta noche de terror marcó nuestras vidas para siempre”dice esta mujer con el rostro cerrado, frente a la pared de su comedor plagada de fotografías de desaparecidos.
El pequeño pueblo de Paine se encuentra a sólo 40 kilómetros al sur de Santiago, la capital de Chile. Tiene un récord siniestro: el de mayor número de víctimas -en proporción a la población- de la dictadura del general Augusto Pinochet (1915-2006), ocurrida entre 1973 y 1990. Entre el 13 de septiembre y el 29 de noviembre de 1973, 70 hombres, entre ellos 60 pequeños agricultores, fueron asesinados o dispersados, en este municipio que entonces contaba con 20.000 habitantes. La lista de los muertos ilustra la historia de la venganza, la de los poderosos contra quienes se habían atrevido a derribar el orden establecido. Aquí, las víctimas, sumidas en el miedo y durante mucho tiempo ignoradas por el sistema de justicia y el resto del país, han convivido con sus torturadores durante décadas.
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