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Las sirenas de alarma volvieron a sonar en Bahréin el domingo por la mañana. Esta vez no se trata de una residencia o de un complejo petrolero el afectado, como viene sucediendo desde el comienzo de la guerra en Irán, sino de un lugar mucho más preciado para el país: una planta desalinizadora. El “ataque con drones iraníes” no tuvo “ningún impacto en las reservas de agua ni en la capacidad de la red”, aclararon las autoridades. El edificio simplemente resultó dañado, un día después de las acusaciones iraníes de un ataque similar en la isla de Qeshm, Irán, que afectó el suministro de agua a 30 aldeas.

En la región, la tierra está a la vez maldita y bendecida. Los países del Golfo padecen una grave escasez de agua, pero tienen petróleo. Gracias al dinero obtenido de este recurso pueden financiar costosas plantas desaladoras. Sin ellos no habría ciudades ni habitantes.

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