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DDesde hace varios meses surge una historia: la responsabilidad social empresarial (RSE) está en declive. Estamos hablando de reacción política y desconexión económica. La simplificación de las normas europeas, los debates en torno a la Directiva sobre la información corporativa sobre la sostenibilidad (texto que obliga a las empresas a publicar sus resultados en materia de sostenibilidad)Las tensiones sobre el deber de vigilancia alimentan la idea de permanecer impotentes.

Estamos hablando incluso del “fin del ciclo de la RSE”. Sin embargo, un indicador matiza este diagnóstico: 6 de cada 10 franceses dicen confiar en las empresas. La proporción incluso supera el 8 sobre 10 cuando se trata de artesanos o PYMES. En un país marcado por una persistente desconfianza, los resultados 2026 del Barómetro de Confianza Política de Cevipof nos invitan a releer el momento actual de otra manera. La RSE no está desapareciendo. Al contrario, se reconecta con su esencia misma.

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Lo que se debilita no son las intenciones ni la conciencia sobre las cuestiones sociales y ambientales, sino la forma en que se ha explotado y tecnificado la RSE durante la última década. Al acumular estándares, puntos de referencia y obligaciones de presentación de informes, a menudo se ha reducido a un mecanismo de cumplimiento. Esta inflación regulatoria ha dado lugar a un auténtico mercado de la RSE: huellas de carbono, ecoscores, plataformas de informes, auditorías, etiquetas y certificaciones. Herramientas útiles, pero que se convierten en productos. El Compliance se ha transformado en un servicio y la RSE en un segmento económico. Muchos actores de consultoría (a veces oportunistas) se han apresurado a este espacio, ofreciendo soluciones llave en mano destinadas a garantizar el cumplimiento y mejorar las puntuaciones en criterios ambientales, sociales y de gobernanza. y optimizar las respuestas a las licitaciones.

Cuestión ética y estratégica

Esta dinámica no es ilegítima: las empresas necesitan apoyo frente a la complejidad regulatoria. Pero, cuando la acumulación de obligaciones y normas se convierte en un fin en sí mismo, el conformismo reemplaza a la responsabilidad. Es este cambio el que el momento actual nos obliga a cuestionar. Lo que revela no es un cansancio hacia la RSE, sino un cansancio regulatorio y burocrático que en ocasiones ha distorsionado su significado.

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