Después de haber afirmado siempre la necesidad de su independencia económica, con el objetivo de separarse de las famosas naciones piigs (Portugal, Irlanda, Italia, Grecia y España), Alemania y Francia son ahora las primeras en pedir unión y colaboración frente a la competitividad extraeuropea. Cuando, en 2024, Mario Draghi empezó a hablar de la necesidad de aparecer unidos y abordar los frenos estructurales que habían asfixiado el mercado europeo en las últimas décadas, hablando de retrasos en la innovación, falta de independencia energética y de un mercado verdaderamente unido, los países miembros no parecían tan ansiosos por resolver los problemas; ahora la situación ha cambiado. Las seis principales economías de Europa han comenzado a presionar para crear un verdadero mercado único, sin barreras nacionales que desaceleren y complejen el comercio, incluso a través de las fronteras europeas. El impulso proviene de Berlín y París, pero junto a ellos también están Italia, España, Polonia y los Países Bajos, unidos para apoyar la propuesta de la Comisión Europea de transferir la supervisión de los mercados financieros del nivel nacional al europeo.
La postura llegó en los últimos días, en una carta de cinco páginas, firmada por los ministros de Finanzas. Sin embargo, no se trata de un simple proyecto sindical, sino de un verdadero cambio de paradigma. Durante años, los países miembros han guardado celosamente sus mercados financieros, levantando altos muros de separación. Pero las recientes tensiones internacionales y los temores sobre el futuro del euro los han obligado a reconsiderar sus perspectivas. En diciembre, la Comisión Europea propuso revisar este sistema, centrándose en centralizar la supervisión de los mercados financieros. Y en la carta, los ministros enfatizan que “un mercado de capitales más profundo e integrado fortalecería el potencial de crecimiento de Europa, fortaleciendo su soberanía económica y proporcionando una base común”. Las intenciones están escritas en blanco y negro, en cinco pilares: hacer más atractivo el mercado europeo, tanto para los países extranjeros como para los países miembros; mejorar las condiciones financieras de las empresas europeas, incluidas y especialmente las de nueva creación; impulsar la simplificación del sector financiero; También abrir los mercados a los inversores individuales, empezando por un trabajo profundo de educación financiera y hacer que el sector bancario europeo sea más competitivo.
Seamos claros: los seis países no están de acuerdo en todo, todavía hay muchas zonas grises, como por ejemplo encontrar puntos en común en materia de depósitos bancarios. Pero dijeron que estaban dispuestos a trabajar juntos, porque es la única manera de luchar contra la competencia extranjera.
El objetivo es llegar a un acuerdo para el verano de 2026, un plan muy ambicioso teniendo en cuenta que también es necesario convencer a países donde el sector financiero representa toda la economía, como Irlanda o Luxemburgo, pero necesario porque el mercado global no espera los tiempos burocráticos europeos.