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Gran estatura política y capacidad para entretener.

“Vineland” se publicó en 1990, pero no es coincidencia que Pynchon decidiera ambientarla en 1984, el año en que el presidente Reagan fue reelegido. A partir de este texto, Anderson construye una adaptación que habla de la América actual, del racismo, del horror que genera el poder y de ese supremacismo blanco tóxico que es uno de los temas centrales de toda la operación.

El lado político más profundo de Una batalla tras otra (que también ganó el Oscar al mejor montaje, al mejor reparto y al mejor actor secundario, otorgado a Sean Penn) encuentra sin embargo un equilibrio perfecto con el gran entretenimiento que la película logra ofrecer, gracias también a secuencias extremadamente divertidas insertadas en una atmósfera paranoica y grotesca, como a menudo nos parece nuestro presente.

Por todo ello, no se trata sólo de la película del año, sino de la obra de arte que llevábamos mucho tiempo esperando, capaz de representar con tanta potencia y profundidad la época que vivimos. El Oscar ayudará a que permanezca aún más en los anales, aunque, como decíamos al principio y como hemos escrito desde su estreno, quizás no hubiera sido necesario: Una batalla tras otra es una de las obras maestras de nuestro siglo, una nueva etapa en la historia del cine de todos los tiempos.

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