Si la guerra en Medio Oriente continuara por mucho más tiempo, el recurso más estratégico podría no ser el petróleo sino el agua. En los países del Golfo, donde el clima árido limita gravemente las reservas naturales, la supervivencia diaria depende ahora en gran medida de las plantas desalinizadoras. En estados como Bahrein, Kuwait y Qatar, más del 90% del agua potable proviene de estos sistemas. También se registran proporciones similares en Omán, mientras que Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos siguen siendo muy dependientes. Bueno, un modelo así, construido durante las últimas décadas para apoyar el crecimiento demográfico y el desarrollo industrial, hoy expone a la región a un riesgo nuevo y poco considerado: la vulnerabilidad directa de la infraestructura hidráulica debido a los conflictos.
La importancia del agua
Como explica The Economist en un extenso artículo, la concentración de instalaciones a lo largo de la costa del Golfo las convierte en objetivos relativamente fáciles para misiles y drones. En el pasado, los análisis diplomáticos habían puesto de relieve escenarios extremos: la destrucción de una única gran central eléctrica podría dejar a metrópolis enteras sin agua en el espacio de unos días.
A lo largo de los años, los gobiernos de la región han invertido decenas de miles de millones de dólares para reducir esta dependencia diversificando fábricas y creando reservas estratégicas. Sin embargo, el progreso sigue siendo parcial. De hecho, en muchos casos la producción sigue concentrada en unas pocas instalaciones clave, mientras que las existencias disponibles cubren períodos limitados.
En los Emiratos, por ejemplo, el objetivo es alcanzar reservas equivalentes a unos pocos días de consumo, que sólo pueden ampliarse mediante un racionamiento severo. En países más pequeños, como Bahréin, la situación es aún más frágil. En este contexto, el agua se convierte en un punto potencial de presión al igual que el petróleo, con implicaciones directas sobre la estabilidad interna y los equilibrios regionales.
Un riesgo real
El riesgo ya se ha materializado, al menos en parte. Según diversas reconstrucciones, las infraestructuras hídricas se vieron afectadas directa o indirectamente desde las primeras etapas del conflicto, alimentando los temores de una escalada que afecte sistemáticamente a estos objetivos.
Atacar instalaciones civiles se considera una violación grave del derecho internacional, pero la lógica de la disuasión podría empujar a ambas partes a utilizar también esta influencia. El propio Irán, aunque menos dependiente de la desalinización, se enfrenta a una crisis estructural del agua: décadas de gestión ineficiente y sobreexplotación de los recursos han dejado grandes zonas del país en condiciones de escasez.
Básicamente, en un escenario de guerra.
Si se prolonga, el agua deja de ser un simple recurso y se convierte en un factor estratégico, capaz de influir no sólo en las operaciones militares sino también en la estabilidad social y económica de toda la región del Golfo.