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El remoto taller de una zona industrial de Seattle (Washington) huele a aceite usado, y a Finn van Donkelaar, entre sus fresadoras y sus herramientas del siglo XXY siglo, tiene las manos sucias. A los 30 años, el fundador de Wave Motion Launch Corporation se acercó a un curioso cañón de acero, que con un ruido ensordecedor comenzó a proyectar partículas. No vemos nada, o casi nada, la manifestación nos hace sonreír, pero Finn van Donkelaar quiere revolucionar la industria espacial empujando cohetes, desde la Tierra, la Luna o desde el espacio, con partículas para evitar costosos lanzadores. Un poco como Julio Verne en su novela inventó un cañón gigante para enviar a sus pasajeros a la Luna. De la Tierra a la Luna (1865).

Es curioso, eso es lo que hicieron los franceses cuando vieron la llegada de un tal Elon Musk, que no parecía mucho más orgulloso de sus lanzamientos fallidos en Kwajalein, un remoto atolón de las Islas Marshall en el Pacífico, entre 2006 y 2009. Finn van Donkelaar tiene una idea, un concepto que en teoría funciona, y prueba suerte en el ecosistema aeronáutico de Seattle, financiado por su séquito por 200 euros. 000 dólares (unos 173 mil euros) y sobre todo del Pentágono, con el que firmó contratos por 2,9 millones de dólares.

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