Aurea también me cuenta, sin quejarse nunca, de su vida como artesana-artista-peluquera: las preocupaciones cotidianas, los problemas de liquidez, el segundo salón que tuvo que vender después del Covid. Defiende con uñas y dientes su lugar, su capullo, el lugar donde a veces da lecciones de tango, donde vela por la asamblea permanente de sus clientes, que escucha, riza, alisa, tranquiliza o colorea. A menudo llego y le digo desconsoladamente: “Haz conmigo lo que quieras, no tengo planes de pelo…” Luego ella me adivina, me entrega la chilaba negra reglamentaria y me pone delante de un reflejo que hace mi cabeza, mi cabeza por tanto.