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qCuando Dios trae un potro y el milagro huele a pólvora, da: La batalla de San Sebastiánestrenada en Estados Unidos en 1968. Una de esas películas un poco locas que te caen encima como una oblea en una taberna. Porque es precisamente esto: un choque frontal entre el agua bendita y el tequila, entre el rosario y el barril, entre la fe de los simples y el rostro de Anthony Quinn, esa montaña de carne y carisma que podría hacerte creer en la resurrección con sólo levantar una ceja.

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Henri Verneuil, este marsellés que sobrevivió al genocidio armenio, este maestro relojero de thrillers franceses, este director que supo hacer sudar a Gabin y bailar a Belmondo, un día tuvo una idea loca: ¿y si hiciéramos un… western religioso? No es un western con curas de fondo, no. Un western sobre la fe, el engaño, el milagro y la redención. Con indios yaquis, granjeros mexicanos aterrorizados, un falso sacerdote que no cree en nada y Ennio Morricone al mando de una envolvente banda sonora de spaghetti-guacamole western. Baste decir: una apuesta loca. Una película extraña, colorida y multigénero.

La santa impostura

En 1968-1969 estábamos en medio de una ola de westerns, desde la serie B italiana hasta las locomotoras de Hollywood: Clint Eastwood triunfó con Cuélgalos altos y bajosy Sergio Leone lo luce todo con su legendaria Érase una vez Occidente. En este concierto de “puristas” del género –códigos, duelos, tabernas y polvo asentados en la ortodoxia– el místico y mexicano Verneuil aparece como un hereje. Ironía retrospectiva: lo que parecía una violación de las reglas aparece hoy como su singularidad más preciada.

El contexto elegido para ambientar la historia nos aleja, de hecho, de los sandboxes de John Wayne. Henri Verneuil fija sus cámaras en México, en 1743. León Alastray (Anthony Quinn, por tanto, en todo su magnético esplendor bruto) es un bandido perseguido por las tropas reales de España (México no obtuvo la independencia). Encuentra refugio en una iglesia franciscana dirigida por el buen padre Joseph (Sam Jaffe, el rostro de un santo demacrado). Éste se niega a entregarlo, más fiel al espíritu del Evangelio que a las órdenes de su jerarquía. Sanción inmediata: el padre Joseph es desterrado a San Sebastián, un pueblo perdido en un territorio hostil, devastado por las incursiones de los indios yaquis. Es decir, lo enviamos al matadero.

El milagro de la irrupción

El viejo monje arrastra hasta allí al rebelde Alastray. Nada más llegar, el cura recibe una bala que le envía ad patres. Pequeña sugerencia de escena: para protegerse del sol, Anthony Quinn lleva la capucha del difunto prelado. Y ahí, un punto de inflexión: los aldeanos, escondidos en las montañas, creen que León Alastray es el nuevo sacerdote. Aunque Alastray lo niega repitiendo que no es el hombre de Iglesia que los aldeanos esperan, nadie lo escucha. Están tan desesperados que, para ellos, la sotana hace al monje. Resignado, incomprendido, el bandido Alastray trabaja, con los medios a su alcance, para asumir el papel que todos quieren verle desempeñar… Y entonces comienza uno de los trucos de magia más bellos del cine popular: un ateo que hace milagros a su pesar.

Porque Henri Verneuil no nos ofrece una parábola edificante con el agua de rosas. No. Nos muestra a un impostor que, a través del pragmatismo, a través del orgullo, a través del deseo (la bella Kinita, interpretada por Anjanette Comer, no tiene nada que ver), y tal vez –quizás– a través de un jirón de humanidad redescubierta, logrará lograr lo que nadie esperaba: darle esperanza a un pueblo destruido.

El milagro no es divino sino humano

Alastray no predica. Él actúa. Fortifica la aldea, consigue armas, organiza la defensa, transforma a los granjeros asustados en combatientes. No se trata de Dios: encarna lo que esta gente espera de alguien enviado del Cielo. Un protector. Un salvador. Un líder que ni los abandona ni los redime.

Y aquí es donde la película se vuelve fascinante: el milagro no es divino, es humano. Henri Verneuil, con su rigor de relojero y su sentido de la narración tensa, nos muestra que la fe de los aldeanos crea el milagro. Su fe en este falso sacerdote lo obliga a ser mejor de lo que es. La impostura se convierte en verdad por la gracia de la esperanza colectiva.

Nos encargaremos de ello. La mano izquierda del Señor (1955) con Humphrey Bogart, pero Henri Verneuil va más allá: su héroe no busca la redención, ésta cae sobre él como una maldición. O como una gracia, quién sabe. Actúa como un profeta sin saberlo. Henri Verneuil también disfruta dándole una mujer joven dispuesta a entregarse. El bandido se apresura a devorarla pero, en el último momento, algo lo detiene… Como si la figura eclesiástica que interpreta para engañar comenzara a devorarlo por dentro.

Ennio Morricone en estado de gracia

Junto a Anthony Quinn, Charles Bronson interpreta a Teclus, la mano derecha del líder yaqui “Golden Spear”. Bronson, cara de granito, ojos de lobo, encarna un “chico malo” que no sólo es malo. Tiene sus razones, un pasado, una lógica. También aquí Henri Verneuil, fiel a su gusto por los personajes en relieve, rechaza el maniqueísmo fácil. Estos yaquis se resisten a la evangelización por lealtad a su tradición, a sus antepasados, a su territorio devorado gradualmente por los colonos españoles.

Y luego está la música. Ennio Morricone, que aún no es la leyenda mundial en la que se convertirá, impone, en unas pocas notas, la tensión que precede a la acción y al viaje. Es hermoso, es efectivo, es Morricone. Si a esto le sumamos la cinematografía de Armand Thirard (Cinémascope, suntuosos escenarios mexicanos, iluminación del fin del mundo), obtenemos una película que rezuma gran espectáculo, pero que aún conserva un alma.

Un fracaso crítico, un tesoro olvidado

Cuando se estrenó en Francia en marzo de 1969 (los acontecimientos de mayo del 68 lo retrasaron), La batalla de San Sebastián fue en vano. Demasiado lento, demasiado religioso, demasiado atípico. La crítica francesa, entonces en plena Nouvelle Vague, no entendió este extraordinario western, ambientado en el siglo XVIII.Y siglo, dirigida por un director francés, rodada en inglés, con estrellas de Hollywood y un equipo italo-mexicano. Demasiado de todo, poco de nada. No hay éxito comercial.

Sin embargo, en retrospectiva, la película brilla con una luz singular. Es un western metafísico, una película sobre la fuerza de la fe, sobre la impostura que se convierte en verdad, sobre la comunidad que se reconstruye a través de la fe, aunque esta fe se base en un malentendido.

Una película que cree en algo.

Henri Verneuil, un sobreviviente del exilio, sabía lo que significaba “reconstruir”. Sin ser enteramente suya, esta historia lleva consigo parte de su historia. El director de Mayrig, que prefirió cambiar de nombre (nacía Acod Malakian), sabía lo que significaba llevar una máscara para sobrevivir. Y todo eso lo puso en esta película: su rigor, su sentido del espectáculo, su discreto humanismo, su gusto por las historias amplias y los personajes complejos.

La batalla de San SebastiánEs una película que no debería existir. Un western francés religioso rodado en México con estadounidenses y un italiano en la música. Una película sobre un falso sacerdote que salva a verdaderos creyentes. Una película en la que el milagro es el hombre, no Dios. Anthony Quinn es inmenso, inspirado en Morricone. Y Verneuil, este gran artesano del cine popular, firma una de sus obras más personales, más arriesgadas e injustamente olvidadas.


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canguro del dia

Respuesta



Entonces sí, la película tiene su duración. Sí, a veces está almidonado. Pero tiene una singularidad que lo hace precioso. Es una película que cree en algo y no se conforma con las payasadas, las acrobacias y los disparos de las grandes batallas en cinemascope. Es necesario revisar La batalla de San Sebastián no como una batalla banal entre mexicanos y yaquis, sino como la batalla entre la fe y la duda. Y esto ya es un pequeño milagro. Gracias Acod Malakian!

La batalla de San Sebastián de Henri Verneuil, 1968, 1 h 56. Coproducción Francia-Italia-México, con Anthony Quinn, Charles Bronson, Anjanette Comer, Sam Jaffe, Jaime Fernandez. Música: Ennio Morricone. Míralo en Arte, lunes 17 de noviembre, 20.55 h.


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