Un hombre se tambalea en un andén nevado de la estación de Yaroslavl, en Moscú, a finales de diciembre de 2025. ¿Será el alcohol, será el improbable equipo que lleva consigo: una mochila y muletas apiladas sobre una silla de ruedas que empuja con dificultad? Es un soldado, de unos 45 años, delgado, apenas cubierto del frío invernal, con una gorra negra decorada con una bandera rusa. Borracho muerto, sin duda.
En el ajetreo de la partida, nadie le presta atención. En las estaciones es habitual la presencia de estos rostros demacrados, de estas siluetas vacilantes vestidas con los trajes militares más dispares. Deambulan esperando el tren que los llevará de regreso al frente o a casa para un permiso de dos semanas.
En el centro de Moscú es otra cosa: los soldados se pierden en el anonimato de la multitud apresurada, borrados por el esplendor de las decoraciones de Año Nuevo, más llamativas que nunca, como si fuera necesario anclar en la mente de la gente que la vida continúa, que la guerra no llega a la perla del imperio.
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