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elFrancia vive una nueva crisis energética que expone a millones de familias al aumento de los precios de los hidrocarburos y nos recuerda nuestra persistente dependencia de los vehículos térmicos. El gobierno ha anunciado una ampliación del arrendamiento social de electricidad. (alquiler de vehículo con opción a compra) a 100 euros al mes para 50.000 familias más. Es decir, menos del 1% de los cinco millones de franceses que dependen en gran medida del coche.

Hay una necesidad urgente de acelerar. El litro de diésel ha superado los 2,30 euros de media, con un incremento de más del 30% en apenas unas semanas. Los automovilistas franceses vuelven a sufrir las repercusiones de convulsiones geopolíticas sobre las que no tienen control.

El aumento de los precios en el surtidor nos recuerda claramente que Francia sigue siendo una economía muy dependiente de los combustibles fósiles en su vínculo más íntimo: la movilidad diaria y el acceso al trabajo, la atención sanitaria o la escuela para millones de nuestros conciudadanos. De los 39,7 millones de coches en circulación en Francia, menos del 3% son eléctricos. La proporción de ventas de vehículos eléctricos alcanza el 25%, frente al 95% en Noruega. Nuestro parque vehicular sigue siendo una colonia petrolera en el territorio nacional.

Nuestras democracias han construido su promesa social sobre la base de una energía abundante y asequible. Protecciones, derechos, consumo: toda esta estructura se basa en un pacto implícito con el petróleo. Cuando los precios suben, las libertades de los más vulnerables están en primer plano. En las zonas periurbanas y rurales, uno de cada cuatro franceses afirma no tener servicios de movilidad cercanos.

En el momento de una elección radical

La energía fósil es también la base invisible del orden y el desorden geopolítico. Cada crisis petrolera, desde el shock de 1973 hasta la invasión de Ucrania, ha reordenado las cartas de la soberanía y las desigualdades globales.

Europa, importadora de hidrocarburos, se encuentra en cada episodio en la posición de un deudor estratégico: obligada a financiar, a través de su consumo, regímenes cuyas acciones cuestiona y a exponer a sus familias a una volatilidad que ningún escudo arancelario puede contener de manera sostenible.

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