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Seamos claros: si no hubiera sido impuesta por ley, la igualdad nunca habría sido respetada en los mandatos electorales. Cuando comenzó a establecerse en 2000, muchos lanzaron gritos de indignación, expresando indignación porque se necesitaba una ley para reconocer lo obvio. Pues no, no era evidente para todos, y fueron dos mujeres, Roselyne Bachelot y Gisèle Halimi, las primeras en tirar la llave al agua al publicar, en diciembre de 1996, un informe sobre la igualdad en la vida política que proponía medidas proactivas a favor de las cuotas.

“Cuotas”, la palabra puede resultar chocante, en aquel entonces estábamos más acostumbrados a usarla para productos lácteos o ganado, pero fue efectiva. Desde el momento en que se volvió obligatorio, las mujeres se encontraron ocupando los puestos que merecían. Esto es lo que explica muy bien Edith Gueugneau, exdiputada del PS de Saona y Loira, en nuestra encuesta: “Cuando me convertí en diputado, la gente vino a por mí porque había reglas de igualdad”. Sin esto, naturalmente le habríamos ofrecido el trabajo a un hombre.

Por tanto, debemos alegrarnos de que la ley de igualdad acabe aplicándose a los municipios de menos de 1.000 habitantes durante las elecciones de marzo. Por supuesto, no será fácil, pero nos obligará a ser inventivos, a empujar a los hombres a participar más en las responsabilidades domésticas, a imaginar formas alternativas de cuidar a los niños, a buscar mujeres en asociaciones. Es sólo una cuestión de costumbre. Durante mucho tiempo –y tal vez todavía hoy para algunos– las mujeres tendieron a subestimar sus capacidades, mientras que los hombres no dudaban en inflar las suyas. Tenían miedo de no estar a la altura por haber sido infantilizados en su juventud, sobre todo por no poder afrontar responsabilidades tanto profesionales como personales (especialmente el cuidado de los niños). Por suerte hoy es menos así, simplemente porque (casi) ya no se habla de ello: la igualdad existía.

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