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Para contrarrestar el aumento de los automóviles chinos y el dominio de Tesla, Ford está apostando 5 mil millones de dólares en una camioneta eléctrica para derribar. Apoyándose en una célula secreta de ingenieros de California, el gigante americano está reforzando sus antiguos métodos de producción para lanzar, en 2027, un vehículo que pretende ser “rentable desde el primer día”.

La historia de la nueva revolución industrial de Ford no comienza en las oficinas de Dearborn (Michigan), sede histórica del fabricante, sino en un hangar anónimo de Long Beach, California. Está allí, a tres husos horarios de la empresa matriz, según una investigación de Diario de Wall Streetque Jim Farley, el director general, decidió aislar un pequeño equipo para lograr lo que la burocracia de Detroit hizo imposible: reinventar el automóvil eléctrico a partir de una hoja de papel en blanco, incluso si el fabricante sigue a los pioneros de los vehículos eléctricos (EV).

Esta unidad de investigación independiente, a diferencia de una nueva empresa interna, está dirigida por Alan Clarke, ex ingeniero superior de Tesla. Para Ford, este exilio se presenta como una cuestión de supervivencia estratégica: las estructuras diseñadas para la energía térmica han demostrado ser demasiado pesadas y demasiado caras para la era eléctrica, como lo demuestran las pérdidas operativas de 5.100 millones de dólares en la división de vehículos eléctricos, resultado de una transición que comenzó tarde, bajo restricciones regulatorias en lugar de anticipación climática.

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El secreto está en el centro de la operación, que es tanto una historia de transformación como de recuperación industrial. Para entender por qué los modelos actuales, como el F-150 Lightning, son demasiado complejos de producir, los ingenieros entraron por la noche a una fábrica cerca de Detroit para escanear cada componente. Objetivo: localizar cables y pernos innecesarios, y cada paso aumenta la factura. Conclusión: para vender una camioneta por 30.000 dólares hay que renunciar a un siglo de tradiciones de fabricación, con el riesgo de desestabilizar las cadenas de valor locales y comercios térmicos enteros.

El equipo, formado por 17 personas de Tesla, Apple y Fórmula 1, deberá diseñar un “plataforma eléctrica universal”base común para una familia de vehículos cómodos e inmediatamente rentables. A diferencia de los primeros vehículos eléctricos derivados de modelos térmicos, esta arquitectura aspira a la pura eficiencia industrial, aunque esto signifique relegar a un segundo plano algunos compromisos sociales (empleos, condiciones de trabajo) y medioambientales (peso, uso real de los vehículos). Jim Farley habla de un “Momento del modelo T”una referencia al automóvil que puso a Estados Unidos sobre ruedas en 1908, pero también una poderosa herramienta de narración para los mercados financieros.

La búsqueda despiadada del coste

En el corazón del laboratorio de Long Beach, todavía cuenta la historia. Diario de Wall StreetReina una disciplina presupuestaria absoluta, orquestada por el “Bounty System”. Cada opción (pantalla más grande, ajuste eléctrico adicional) debe “pagarse” con ahorros equivalentes en otros lugares. Esta gestión basada en los costes rompe los silos entre comodidad, seguridad, diseño y electrónica, pero impone una presión permanente a los equipos, con el riesgo de chocar con los requisitos de seguridad, reparabilidad o durabilidad de los materiales.

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El acceso llega hasta las bases eléctricas. Al optar por una arquitectura zonificada de 48 voltios, Ford elimina aproximadamente 1,2 kilómetros de cableado de cobre por vehículo. Menos cables significan menos peso, montaje más rápido y menor coste. Este “dieta forzada” debería permitir al pick-up 2027 alcanzar aproximadamente 480 kilómetros de autonomía con una batería un 30% inferior a la de sus competidores directos, sujeto a prestaciones confirmadas en uso real, en vehículos a menudo pesados ​​y muy cargados.

Árbol de ensamblaje y “unidifusión”

Esta revolución afecta también a la fábrica. En Louisville, Kentucky, Ford se está preparando para desmantelar la cadena móvil inventada por Henry Ford y reemplazarla por un “árbol de ensamblaje” de tres ramas. Los subconjuntos principales se montan en paralelo sobre estructuras abiertas antes de converger, lo que mejora la accesibilidad para los trabajadores, limita las posturas incómodas y debería reducir el tiempo de inactividad.

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Al mismo tiempo, el “unicasting” sustituye 146 piezas ensambladas en la parte trasera de la camioneta por dos enormes elementos de fundición de aluminio. Dos tercios de los puntos de soldadura y la mitad de las fijaciones desaparecen, lo que limita el riesgo de defectos y ruidos a largo plazo. Pero esta simplificación concentra los riesgos industriales (defecto de una pieza XXL, fallo de una prensa gigante) y complica la reparabilidad local tras un impacto, con posibles consecuencias para los sectores de mantenimiento y carrocería.

LFP, competencia y empleo chino

Dado que la batería pesa hasta el 40% del precio de un vehículo eléctrico, Ford abandona el níquel-cobalto-manganeso en favor del fosfato de hierro-litio (LFP), que es más barato, más estable y más duradero, pero menos denso. Esta elección química impone compromisos en materia de autonomía, masa y usos, desviando la atención hacia la extracción de litio, hierro y fosfato. Es esta tecnología la que se producirá en BlueOval Battery Park en Marshall, Michigan, un complejo de 3 mil millones de dólares anunciado como el primer sitio estadounidense para celdas prismáticas LFP bajo el control directo de un fabricante, pero dependiente de cadenas de suministro globalizadas con fuertes impactos ambientales.

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Esta apuesta industrial se enmarca en un giro estratégico hacia la accesibilidad. Ford está renunciando a sus grandes SUV eléctricos de siete asientos, que son demasiado pesados ​​y consumen demasiadas baterías para que las baterías sean rentables, y se está volviendo a centrar en una camioneta mediana de 30.000 dólares destinada a una clase media debilitada por la inflación y el aumento de las tasas. Frente a los fabricantes chinos como BYD o Geely, que ya producen vehículos eléctricos de calidad a precios bajos a pesar del 100% de derechos de aduana, la “excelencia operativa” parece ser la única protección duradera, incluso si el modelo de vehículos pesados, potentes e individuales responde sólo de manera imperfecta a las limitaciones climáticas.

Una apuesta sin red

En el frente social, Ford destaca casi 4.000 empleos directos creados o asegurados entre Kentucky y Michigan, incluidos 1.700 en Marshall. Pero producir un vehículo con un 20% menos de piezas y un 40% menos de tiempo de montaje significa menos manos mecánicas. En Louisville algunos observadores hablan ya de varios cientos de asientos menos por modelo. El valor añadido se está desplazando hacia el software, la automatización y la química de las baterías, beneficiando a los técnicos cualificados pero en detrimento de los trabajadores de montaje poco cualificados, en un país donde los sistemas de reciclaje siguen siendo muy desiguales.

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Con 5 mil millones de dólares comprometidos y la primera comercialización programada para 2027, Ford no tiene margen de error. Los riesgos son numerosos: retrasos en el software, problemas de calidad de las baterías LFP, rechazo de una pick-up más compacta que la tradicional F-150, incertidumbres sobre las normas y las ayudas públicas. El propio Jim Farley reconoce que “es una apuesta”, presentada como la única alternativa a un declive anunciado tras años de vacilación entre térmicas, híbridas y eléctricas puras. En 2027, cuando los primeros ejemplos abandonen el “árbol de ensamblaje” de Louisville, sabremos si Ford realmente ha logrado adaptar el método de Henry Ford a las limitaciones climáticas, económicas y sociales del siglo XXI.

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