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El Dyson PencilWash es un buen termómetro para la fase que atraviesa Dyson. Menos fuegos artificiales, más resta. Corta, aclara, seca el producto hasta el hueso. No suma: quita. Y trata de hacer valioso este vacío.

Aquí la verdadera novedad no es “lavar los suelos”. Mucha gente hace eso. Es la forma. Un objeto delgado, casi nervioso: poco más de 2 kilos, componentes distribuidos a lo largo del mango, ingeniería comprimida como en un ultrabook. Ésta es la filosofía del “lápiz” traída al mundo húmedo.

En su interior lleva un rodillo de microfibra que recibe agua por varios puntos. Hidrata, mueve la suciedad, la expulsa. Pero sin aguantar. Aquí es donde reside el defecto. La suciedad acaba en un depósito independiente gracias a una especie de escobilla de goma integrada. Traducido: menos filtros, menos olores, menos complejidad. Pero también menos capacidad para lidiar con suciedad intensa.

El resultado es una máquina que se comporta más como una fregona eléctrica de alta gama que como una aspiradora. Es una elección. Y como cualquier elección clara, divide.

Donde funciona, funciona bien. En mantenimiento diario, es casi perfecto. Fluye solo, pesa poco, entra donde otros paran. Manchas frescas, huellas dactilares, polvo: las trata rápidamente y deja el suelo casi seco. Media hora de duración de la batería, pocos controles, cero fricciones. Esto es “conectar y limpiar” y se aplica en casa.

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