Una frase recorre como un hilo rojo La sociedad de los intercambios (Ibl libri) de Johnson, Lusch y Schmidtz: cada vez que nace algo nuevo, alguien anuncia el fin del mundo. Esto pasó con la maquinaria agrícola, con el coche, con el ordenador. Y hoy esto está pasando con la inteligencia artificial. Las herramientas cambian, el miedo no. El capítulo dedicado a la “destrucción creativa” retoma la famosa intuición de Joseph Schumpeter: el capitalismo no es un sistema estático, sino una revolución permanente. La innovación no sólo añade algo al mundo existente; a menudo lo abruma. Elimina actividades, hace obsoletas las profesiones, aniquila negocios que hasta el día anterior parecían inexpugnables. Éste es el lado difícil del progreso. Pero también es por eso que las empresas prosperan.
Los autores describen un mecanismo que la política y el debate público tienden sistemáticamente a ignorar. Cuando una industria entra en crisis, hay perdedores inmediatos
visible. Cuando nace un nuevo sector, los ganadores aún no existen. Así, los primeros acaban en los periódicos, los segundos no. Todo el mundo llora a los fabricantes de látigos cuando llegan los automóviles; nadie habla de los mecánicos, vendedores de neumáticos, constructores de carreteras, aseguradoras y concesionarios que surgirán gracias a estos mismos coches.
Éste es el gran error de perspectiva que todavía vemos hoy. Cuando una fábrica se automatiza, se cuentan los empleos perdidos. Es mucho más difícil contar los que se crearán en términos de diseño, mantenimiento, software y logística. Los autores llaman a estos efectos “beneficios invisibles”. Y esa es una definición perfecta. Porque la política vive de lo que vemos, mientras que la economía a menudo produce resultados que sólo serán visibles mañana. El ejemplo del coche es particularmente eficaz. A primera vista, reemplaza al caballo y destruye todo un ecosistema económico. Pero poco después generó industrias completamente nuevas: neumáticos, combustibles,
talleres, infraestructura, seguros, finanzas. Incluso la forma de vida está cambiando. Están surgiendo suburbios modernos, la movilidad aumenta, la libertad individual aumenta. La cuestión no es que nadie pierda. El hecho es que la sociedad en su conjunto gana dinero.
Y aquí es donde surge una de las lecciones más interesantes del libro. El emprendedor no es un simple hombre de negocios. Es el sujeto quien corre el riesgo de romper el equilibrio existente. Él es quien invierte sin garantías, sabiendo que su éxito será temporal porque alguien más, tarde o temprano, inventará algo mejor. En una época en la que a menudo se describe al empresario como una persona privilegiada a la que hay que pagar impuestos o un sospechoso a quien hay que vigilar, esto es un buen soplo de aire fresco.