Giorgio Parisi interpreta al nuevo Ícaro: vuela alto en la Comisión, gracias a su autoridad para atacar el proyecto nuclear del gobierno, pero corre el riesgo de ser quemado por la realidad. Descartar el avance atómico calificándolo de “mucho ruido y pocas nueces” es un lujo ideológico que Italia no puede permitirse. Mientras el Premio Nobel se encierra en cálculos reduccionistas, el mundo corre.
Rechazar la energía nuclear segura significa sólo una cosa: entregarle la supremacía energética a China en bandeja de plata. Por otra parte, la sorpresa es relativa. Lo sabemos: el Nobel ciertamente no es para quienes cuestionan el dogma verde. Para recibir el pasaporte de la intelectualidad global, hay que pensar en lo convencional, uniéndose al coro del no.