YS73OKZIHZFODC7A2NIKMPHQUA.jpg

Sobre la bahía de aguas turquesas, la escuela de kitesurf no está equipada con inflador, ni el pequeño bar de enfrente. Termina encontrando uno. No hay tiempo para dar detalles, el celular del “amigo” tiene poca batería y teme no poder localizarlo más. Aquí ya salta a las olas, con la vela roja sobre su cabeza, dirigiéndose directamente hacia el mar. Seguimos con la mirada, con cierta aprensión, el punto rojo que desaparece en el horizonte. Veinte minutos más tarde estaba de nuevo en la playa, con “JB”, enjuagado pero aliviado. “Qué día para mí…”, espeta este último.

Referencia

About The Author