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En un momento caracterizado por crecientes tensiones y fracturas en el tejido social y económico global, la acción de la Unión de las “Capitales Europeas de la Cultura”, poco más de cuarenta años después de su nacimiento en 1985, continúa persiguiendo el objetivo de permitir que los pueblos europeos se sientan más unidos a través de la cultura.

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El programa “Ciudad Europea de la Cultura”, rebautizado como Capital Europea de la Cultura (CEC) en 1999, es hoy una de las políticas culturales más antiguas de la Unión. Al principio, en el año de la celebración del título, la iniciativa se centró en las formas artísticas y festivales locales, pero ya en los años 1990 con Glasgow (ECoC 1990) y más tarde con Liverpool (ECoC 2008) el programa asumió un papel innovador, promoviendo el inicio de una verdadera regeneración urbana. El presupuesto operativo medio asignado por las ciudades ganadoras aumentó de unos 25 millones de euros a casi 51 millones (gráfico 1), signo de un peso económico creciente que ha transformado una iniciativa simbólica en un motor de desarrollo.

La literatura científica sobre el tema confirma que existen importantes efectos mensurables, como el aumento medio de las pernoctaciones del 8% en el año en que se celebra el título y un aumento del 4,5% en el PIB de las ciudades ganadoras respecto a las no premiadas en el mismo país. Estos resultados van acompañados de beneficios sociales y culturales más difíciles de cuantificar, pero igualmente relevantes, vinculados al fortalecimiento de la identidad local, el aumento de la calidad de vida de los residentes y la mejora del acceso y la participación en la cultura (Giovannelli et al. 2026).

Italia fue protagonista del programa de la CCA en 1986 con Florencia, en 2000 con Bolonia y en 2004 con Génova. Luego, tras la introducción de la primera legislación real, la Decisión núm. 1622/2006/CE, en 2019 le toca a Matera. La experiencia de la ciudad de Sassi demostró hasta qué punto el nombramiento de la CCA fue un verdadero multiplicador económico. Entre 2014 –año de la candidatura– y 2019 –año del título– la presencia turística en la ciudad aumentó de 244.847 a 730.434 (+198,3%), y las llegadas internacionales se duplicaron (+134,7%) (Padula, 2020). Sólo en 2019, el gasto turístico alcanzó los 121,3 millones de euros, generando un impacto en el PIB de la ciudad de 224,3 millones de euros: aproximadamente el 15% del PIB municipal. El sector turístico no fue el único beneficiado: un análisis realizado sobre la cadena de suministro de la Fundación Matera-Basilicata 2019, creada para gestionar el evento CCA, reveló un claro efecto dominó en el tejido empresarial lucano, que se benefició del 59% de los compromisos de gasto vinculantes, es decir, del 44% del presupuesto global. El efecto positivo del evento también afectó a la tasa de natalidad de las empresas culturales y creativas, que en Matera, entre 2015 y 2019, alcanzó el 8,1% frente a la media nacional del 4,9%, mientras que las empresas jóvenes crecieron un 2,89%, en marcado contraste con los datos registrados en el Sur (-5,9%) y en Italia (-7,69%). Durante el mismo período, el empleo en la provincia de Matera aumentó un 10%, en comparación con un promedio nacional del 4% (Fondazione Matera, 2019).

Los beneficios no se limitan a estos datos, Matera todavía se beneficia del legado que le dejó la experiencia europea. La Fundación Matera-Basilicata 2019 continúa hoy promoviendo y coordinando iniciativas culturales. Este año, Matera volvió a la escena internacional con el título de Capital Mediterránea de la Cultura y el Diálogo, junto a Tetuán (Marruecos), con un programa que fortalece los vínculos culturales e históricos del espacio euromediterráneo, con énfasis en la innovación creativa y la participación activa de las comunidades locales.

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