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YEntre la pista de coches chocadores y el campo de tiro con globos, recordemos, se exhibían algunas chucherías en el escaparate iluminado y dotado de una pequeña ventana. En aquella época, bastaba una moneda de 1 franco (o más tarde de 2 euros) para activar una de las doce pestañas situadas en la parte inferior del dispositivo y recuperar las pequeñas cajas de cartón con la inscripción “Un placer donar”.

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Pequeñas cajas que contenían petardos, lámparas, insectos de plástico, encendedores, barajas de cartas, llaveros… Si las máquinas expendedoras casi han abandonado las fiestas votivas de nuestra infancia, el concepto coloniza ahora nuestra vida cotidiana.

Cuando, desde esas máquinas de las zonas de descanso de las autopistas donde “pedimos” una barra de chocolate, hasta el pollo asado que compramos en la esquina, estos aparatos inventados a finales del siglo XX, cubren casi todo lo que necesitamos para hidratarnos, nutrirnos, ayudarnos en cualquier momento del día o de la noche.

Un mercado global que supera los 35 mil millones de euros y que ofrece bebidas frías o calientes, platos preparados, pizzas, pan, sándwiches, postres, frutas, verduras, leche, ensaladas, parafarmacia, jabón, flores, pequeños comestibles, marisco, pescado, pero también, obviamente, billetes, billetes de autobús, tren y metro… sin olvidar el depósito lleno de gasolina o de electricidad, una taza de café, y el círculo está (casi) cerrado.

Teclas táctiles y pantallas

En los rebeldesJean-Pierre Chabrol escribe: “Había tres tiendas de alimentación, dos bistrós, una lechería, una panadería, una peluquería, un zapatero, un carpintero, un cartero, un herrero (…), ¡no queda nada de ellos! Sola, muy sola, en la plaza se alza la cabina de cristal de una cabina telefónica, brillando en la noche. »

Desde entonces, la entrada en cuestión – también automatizada – ha desaparecido, al igual que en muchas comunidades rurales el alumbrado público ha desaparecido desde las 23.00 hasta las 00.00 y las 6.00 horas… La contaminación visual que impediría contar las estrellas es el agujero, el parche de hielo y el de grava, que esperan pacientemente ahora el cuello del fémur, el tobillo, la clavícula, la muñeca…

LEER TAMBIÉN ‘Fue muy brutal’: La desaparición de los puntos de encuentro amenaza a los negocios ruralesY luego llegaron las máquinas expendedoras, comerciantes silenciosos, inmutables e iluminados, instaladas cerca de un cruce, frente al ayuntamiento, bajo el patio de la antigua oficina de correos o en la calle principal. Aquel cuyas aceras han sido rehechas aunque, desde que cesaron las actividades comerciales, casi no hay nadie que las utilice.

La máquina en cuestión, equipada con botones o pantallas táctiles, a veces incluso intuitivas y configurables con ayuda de Inteligencia Artificial, no es complicada. Coge la tarjeta o el billete con indiferencia, da cambio si es necesario. Ni siquiera necesitas desearle un buen día y agradecerle. Nunca te llamará por tu nombre, no te hablará del tiempo ni del trabajo, no sabe quién se casa el domingo, quién murió el sábado pasado, quién le compró la casa al ex tendero.

La coartada del ahorro de tiempo

Eliges, pagas, lo coges y te vas a casa sin tener la más mínima conversación, sin haber oído el particular sonido del timbre de la puerta de la panadería, sin haberte tomado el tiempo de mirar lo que había en el estante donde viniste a comprar la maicena, la botella de leche, la pasta, el periódico, los dulces…

Sin haber cogido el pan del mostrador donde la harina blanqueaba las monedas, sin haber aspirado el aroma del croissant recién hecho que se reconciliaba con el vacío matutino, sin haber apreciado el calor que subía de la estufa cuando, justo delante de la puerta, bajaban unos grados bajo cero…


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canguro del dia

Respuesta



Entonces, naturalmente, ya escucho las súplicas, escucho el levantamiento de los omóplatos, el chirrido de las dentaduras postizas, las críticas que denuncian la declaración obsoleta, la actitud reaccionaria, la impostura del rebaño. Así como veo llegar la coartada que evoca el ahorro de tiempo, la economía del comerciante, la ración que limita la compra, a veces incluso la ventaja del cortocircuito, la noción de proximidad entregada en la puerta… Y esto, aunque, en última instancia, sea la convivencia la que, tras un examen más detenido, se cortocircuita.

Una sociedad extraña, en efecto, donde el intercambio está deshumanizado, donde la máquina reemplaza al comerciante, donde el cliente permanece en silencio, donde sacrificamos nuestros refugios para ahorrar un poco de tiempo entre un pedido realizado en Internet y la ilusión que (supuestamente) confieren ciertas libertades.


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