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OTodo el mundo conoce un “gurú” de la vida social. No necesariamente el más divertido o el más extrovertido, sino el que instintivamente sabe con quién hablar para hacer circular la información, a quién retener para ser incluido, qué colega no debería ponerse en juego en absoluto si queremos evitar un drama. Se le acusa fácilmente de ser calculador, “político”, incluso un poco manipulador.

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“Encontramos que quienes alcanzan la cima de la jerarquía social no son los más carismáticos ni los más extrovertidos, sino que son excelentes cartógrafos sociales”, explica Oriel FeldmanHall, investigador en ciencias cognitivas y psicológicas, en un artículo científico sobre el tema.

Una clase de estudiantes sometida al escáner social

Para probar esta idea, la investigadora y su colega Apoorva Bhandari necesitaban un mundo social a escala humana, lo suficientemente denso como para ser interesante, pero lo suficientemente limitado como para ser estudiado en detalle. Lo encontraron en una clase de “freshmen”, estudiantes de primer año que llegan a un campus americano sin conocer a nadie.

Durante un año, el equipo siguió a casi 200 estudiantes. ¿Quién se hace amigo de quién? ¿Qué relaciones se crean y cuáles se interrumpen? A partir de esta recopilación de datos, los investigadores construyeron un mapa muy concreto de la red: quién está conectado, con quién y en qué medida. Agregaron una dimensión crucial: pidieron a cada estudiante que describiera, no solo a sus amigos, sino también cómo pensaban que los demás estaban conectados entre sí. Al mismo tiempo, recogieron datos de personalidad: “¿Eres sociable? ¿Más del tipo que inicia conversaciones o que te quedas en un segundo plano?”.

Finalmente, los investigadores tenían dos cosas para cada estudiante: su lugar real en la red (¿está bien conectado con otras personas que también están muy conectadas?) y su mapa mental de la red (¿qué tan fiel a la realidad es su representación de las conexiones entre los demás?). Es esta segunda dimensión la que resultará decisiva.

Cartógrafo de Internet y “genio” del chisme.

Uno de los hallazgos más sorprendentes del estudio es una inversión bastante contraria a la intuición. Podríamos imaginar que las figuras más centrales, las más escuchadas, sean simplemente las más extrovertidas, las más carismáticas, las “estrellas” naturales de las veladas estudiantiles. La realidad es más sutil. “Quienes llegan a lo más alto de la jerarquía social no son los más extrovertidos, son los mejores mapeadores de redes”, resume Oriel FeldmanHall. Los estudiantes más influyentes son aquellos cuyo mapa mental de la red se acerca más al mapa “real” reconstruido por los investigadores.

En otras palabras, tener muchos amigos no es suficiente para tener influencia social. Tienes que entender cómo se relacionan los demás entre sí. Mire los puentes entre grupos, los individuos cruciales. Saber quién sirve de puente entre dos clanes que rara vez interactúan, dónde están los “agujeros” en el tejido relacional: esos lugares donde uno se posiciona puede generar grandes beneficios en términos de capital social.

Por el contrario, algunos estudiantes empiezan el año muy bien posicionados y bien conectados con otras personas centrales. Pero sin un buen mapa mental de la red, esta ventaja se desmorona. No logran mantener su posición, consolidar los vínculos correctos, no ubicarse en los lugares correctos. Permanecen en el centro, pero no explotan plenamente esta centralidad. La influencia social, concluye Oriel FeldmanHall, depende no sólo de a quién conoces, sino también de cómo tu cerebro entiende la arquitectura invisible que te rodea.

Otro tema delicado que interesa a los investigadores: los chismes. En estas redes el chisme es omnipresente. Los investigadores estiman que más del 65% de nuestras conversaciones son, hasta cierto punto, sobre otras personas. El chisme, lejos de ser sólo malicioso, también actúa como un sistema rápido de información sobre lo que sucede en un grupo: quién es confiable, quién necesita ayuda, dónde hay tensiones, alianzas, injusticias. Oriel FeldmanHall nos recuerda que, a la sombra de la historia, los rumores y las conversaciones de pasillo han desempeñado un papel en los movimientos políticos, las revoluciones palaciegas y las campañas de movilización.

Para hacer circular “correctamente” los chismes, nuestro cerebro debe resolver una ecuación discreta: encontrar a alguien que esté lo suficientemente lejos de la persona en cuestión para que la información no le llegue demasiado rápido, pero lo suficientemente bien conectado para que el mensaje pueda difundirse eficazmente si es necesario. Los mapas mentales que incorporan tanto la popularidad (cuántas conexiones tiene una persona) como la distancia social (cuántas conexiones hay con otra persona) dan una clara ventaja. Permiten calcular, a toda velocidad y sin esfuerzo consciente, cuál es el confidente “adecuado” para una historia determinada.

Cuando el GPS del cerebro también se utiliza para el espacio social

Queda una pregunta vertiginosa: ¿cómo, a nivel biológico, hacemos estos mapas? Durante varias décadas, la neurociencia ha demostrado que nuestro hipocampo y nuestra corteza entorrinal –dos regiones situadas en lo profundo del cerebro– desempeñan un papel clave en la navegación espacial. Aquí es donde encontramos las famosas “células de lugar” y “células de cuadrícula” que se activan cuando nos movemos en un entorno, permitiéndonos orientarnos en el espacio.

Sin embargo, Oriel FeldmanHall y sus colegas muestran que estas mismas regiones, conocidas por procesar el espacio físico, también parecen ocuparse de otro tipo de espacio: el espacio social. En un estudio que aún no se había publicado en el momento de escribir este artículo, el equipo descubrió que el hipocampo y la corteza entorrinal codifican una especie de mapa de conexiones entre personas en una red. Cuanto más claras son estas representaciones, más preparados están los individuos para “tejer lazos”, en el sentido literal: tienen más éxito creando conexiones entre personas que aún no se conocen, actuando como mediadores, reuniendo segmentos de redes previamente desconectados.

Otra parte de este trabajo explora un momento particular: aquel en el que, precisamente, ya no hacemos nada. Los investigadores se interesaron por lo que sucede durante los períodos de descanso, cuando no hablamos con nadie, no consultamos las redes sociales, no solucionamos problemas activamente.

En el campo de la memoria, sabemos que el cerebro, durante estos tiempos muertos, “reproduce” a gran velocidad secuencias de actividad neuronal asociadas a experiencias recientes. Oriel FeldmanHall y sus colegas observan un fenómeno similar en los mapas sociales: durante el descanso, el cerebro parece revisar rápidamente las conexiones recién observadas entre las personas. Reproduce, sin que nos demos cuenta, interacciones, proximidades, puentes potenciales.

Una brújula social más precisa que un GPS

A lo largo de su artículo, Oriel FeldmanHall encuentra un paralelo inesperado con la película animada. moana (moana en Inglés). En una escena, los navegantes polinesios cantan “Sabemos adónde vamos”, celebrando el antiguo arte de encontrar el camino en medio del océano. El neurocientífico propone ampliar esta metáfora a nuestra vida relacional: “La identificación estratégica no está reservada al espacio físico. Es igualmente necesaria para navegar eficazmente en nuestros paisajes sociales. »


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Nuestro cerebro, concluye, funciona como un atlas viviente de nuestras comunidades. Con estos mapas, los “buenos navegadores sociales” pueden hacer lo que ningún GPS puede hacer hoy: predecir puentes antes de que se construyan, sortear tormentas de chismes por adelantado, trazar rutas a puntos comunes entre personas que, sin ellos, nunca se habrían conocido.

Basta mirar con otros ojos a este colega que, en una reunión, siempre sabe a quién dar la palabra para relajar el ambiente o, sin que nadie sepa cómo, reunir en torno a una misma mesa a personas separadas de todo. Detrás de esta habilidad social hay un cerebro que, discretamente, mapea el mundo de los demás como un antiguo navegante mapeaba islas y corrientes.


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