¿Presente cuando sabemos que hemos leído una noticia pero no recordamos dónde, cuando se nos ha olvidado el detalle y ni siquiera sabemos si la hemos hojeado en la pantalla del teléfono? Quizás nos lo contó un amigo, oh no, los compañeros estaban hablando de eso. Esto es la infobulimia, la nueva enfermedad social de los últimos años, consecuencia directa del scrolling y del bombardeo de información que nos bombardea incesantemente en redes sociales, sitios, notificaciones y correos electrónicos.
El Instituto de la Enciclopedia Italiana Treccani, que lo registró entre los neologismos de la lengua italiana, indica su difusión. ¿La definición? “La circulación de una cantidad excesiva de información que produce una sobrecarga cognitiva en quienes la buscan y acceden a ella, con los efectos de confusión y frustración” hoy en día es de uso común. El término, disponible en el portal Treccani.it, describe un fenómeno cada vez más relevante en el ecosistema comunicativo actual, caracterizado por flujos de información continuos y omnipresentes que, en lugar de facilitar la comprensión, alimentan un hambre inagotable de información que a menudo resulta en dificultades de discernimiento, desorientación y sobrecarga mental.
Como si fuera una droga de la que ya no podemos prescindir pero que nos hace perder la lucidez. “Infobulimia” recuerda la expresión inglesa Information Overload, acuñada en 1964 por el politólogo Bertram Myron Gross para referirse a “una situación en la que recibes demasiada información al mismo tiempo y no puedes pensar con claridad en ella”, como explica el Cambridge English Dictionary online. Los testimonios de uso de los últimos veinte años muestran la aplicación del término en diferentes contextos: desde el vinculado a las psicopatologías asociadas a la adicción a la conexión – donde se utiliza para describir una búsqueda compulsiva de información – hasta la esfera mediática: de hecho, el flujo continuo de información (más o menos interesante) asegura que mucha información circule sin que haya espacio (y tiempo) para procesarla, para asimilarla.
Más recientemente, el término también se utiliza para referirse a las prácticas de búsqueda en línea, que a menudo resultan en “una pérdida de tiempo, de energía y de frustración”, como observan Riccardo Guelfi y Fabrizio Saviano (Cómo no ser espiado en Internet, goWare, 2024). El deseo de hacer “daño” que nos une a una nueva palabra refleja, en definitiva, una carencia: nos dice lo necesario que es seleccionar, interpretar y evaluar críticamente la información “en un contexto dominado por la abundancia y la inmediatez”, como explica Treccani. Una necesidad que el Papa Francisco ya había recordado a principios de año, con motivo del Jubileo de la comunicación, cuando, con la premisa “Solo quería decir una palabra”, señaló la urgencia de contrarrestar la bulimia informativa a través de la esencialidad, la credibilidad y la autenticidad, principios que subrayan la responsabilidad de quien comunica.
Y así como
La nueva definición de Treccani nos dice que tal vez valga la pena reducir el ritmo. Para no perder la calidad de las cosas, de las palabras. Para no encontrarse en un flujo cada vez más intenso que no deja tiempo a echar raíces.