“Los prisioneros estaban esposados y encapuchados. Si necesitaban ir al baño, gritaban y les lanzaban un balde…” Guillermo Amarilla Molfino hace de guía y así explica, ante una clase de estupefactos estudiantes secundarios, el horror de los hechos cometidos durante la dictadura (1976-1983) en las instalaciones de la ex Escuela de Mecánica Naval (ESMA) de Buenos Aires. Después de haber explorado las mazmorras destinadas a la tortura, los adolescentes se agolpan en los compartimentos instalados en el interior del antiguo cuartel (casino oficial). Aquí se administraban sedantes a los prisioneros, muchos de los cuales luego eran arrojados desde aviones militares al Estuario de La Plata o al Océano Atlántico (los “vuelos de la muerte”). Los funcionarios dormían allí, dos pisos más arriba.
El lugar es hoy un espacio de memoria dentro de un vasto complejo. Un terreno cercado de 17 hectáreas, salpicado de plátanos y elegantes edificios, donde tanto el aparato represivo como el entrenamiento militar funcionaron a pleno rendimiento durante los siete años de dictadura.
A primera vista, nada sugiere horror. Sin embargo, cincuenta años después del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, este lugar emblemático cuenta mejor que ningún otro los años de liderazgo argentino, las políticas pioneras de memoria emprendidas en el país y la inédita labor de debilitamiento iniciada por el actual gobierno ultraliberal de Javier Milei, desde su llegada al poder en 2023.
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