Votar, ¿un simple acto cívico? No, asegura un amplio estudio realizado por la Universidad de Helsinki en Finlandia. Según este último, votar también representaría un determinante social crucial, un indicador fundamental de la salud y la longevidad de los individuos. Mejor aún, la participación electoral de un individuo sería un predictor aún más poderoso de su mortalidad que su nivel de educación.
Para este estudio, los investigadores cruzaron datos de las elecciones parlamentarias finlandesas de 1999 con registros oficiales de Statistics Finland, que registran información detallada sobre demografía, educación, ingresos y causas de muerte. La muestra estudiada incluyó a 3.185.500 personas, seguidas durante… ¡más de veinte años! Escoba.
Cuanto menos votamos, más morimos
Durante este período se registraron 1.053.483 muertes, de las cuales 95.350 fueron por causas externas (accidentes, violencia o muertes relacionadas con el alcohol) y 955.723 por otras causas subyacentes. Datos que los científicos utilizaron para encontrar resultados sorprendentes.
Las conclusiones son claras: la abstención va acompañada de un riesgo de mortalidad significativamente mayor. Los hombres que no votan corren un 73% más de riesgo de muerte por todas las causas que los votantes, mientras que para las mujeres este exceso de riesgo llega hasta el 63%. Incluso teniendo en cuenta el nivel de educación, la brecha sigue siendo marcada: +64% para los hombres y +59% para las mujeres.
Aún más sorprendente es que la diferencia en mortalidad entre votantes y abstencionistas supera la observada entre personas con un nivel educativo bajo y aquellos con un título superior. Esto sugiere que la votación parece ser un indicador social de salud casi más decisivo que el nivel educativo, aunque está firmemente arraigado en las ciencias sociales.
La conexión no es causalidad
Otros resultados complementan estas observaciones, particularmente para la edad y los ingresos. Entre los hombres menores de 50 años, por ejemplo, el riesgo de muerte es dos veces mayor para los no votantes que para los votantes. Por el lado de los ingresos, el resultado es más o menos similar: entre los hombres que pertenecen al cuarto más bajo de los hogares, la abstención va acompañada de un riesgo de muerte entre un 9 y un 12% mayor en comparación con los grupos de ingresos más altos.
¿Qué debemos concluir de esto? En primer lugar, estos resultados hay que tomarlos con cautela. Se trata de un estudio observacional, que no permite establecer un vínculo causal directo. Muchos obstáculos estructurales también pueden influir en la participación electoral, como las dificultades de movilidad, el aislamiento social o la inseguridad económica.
Como explican los propios investigadores, sus resultados abren una nueva vía de reflexión, trazando una nueva vía de análisis que futuros estudios deberían explorar para determinar hasta qué punto el voto es un indicador valioso para comprender las desigualdades en salud.
En resumen, este trabajo abre una nueva perspectiva: la votación podría ser un indicador relevante para identificar disparidades en salud y futuros estudios podrán profundizar en esta conexión para comprender todos los mecanismos.