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A finales de año, Nicolás Maduro parecía divertirse mucho burlándose de la presión estadounidense. Mientras la administración Trump todavía intentaba ofrecerle una salida (salida del poder a cambio de un exilio dorado en el extranjero), el presidente venezolano se negó rotundamente. Lo que es peor, multiplicó los montajes en la televisión estatal, bailando al ritmo de la electrónica, restando importancia a los ataques estadounidenses y repitiendo en inglés, a modo de desafío, que no quería “ninguna guerra loca”.

En Washington estas imágenes han dejado huella. Para varios funcionarios estadounidenses, esta exhibición arrogante fue una señal de que Maduro ya no tomaba en serio las amenazas de la Casa Blanca y estaba tratando de poner a prueba sus límites. Lejos de aliviar las tensiones, estas manifestaciones públicas reforzaron la idea de que era necesario pasar de la intimidación a la acción. En cualquier caso, esta es la tesis desarrollada por el New York Times, que se basó en testimonios de miembros de la administración Trump.

Estos movimientos de baile, vistos como una provocación por parte de la Casa Blanca, seguramente empujaron a Donald Trump a actuar. Es posible que hayan sido la gota que colmó el vaso, apoyando la idea de que Maduro nunca se doblegaría ante los intereses estadounidenses.

Un plan estadounidense que lleva meses preparándose

En cualquier caso, el plan americano no data de estos días. Habían pasado varios meses desde que la administración Trump identificó una alternativa: Delcy Rodríguez, vicepresidenta y figura central del régimen. A los ojos de Washington, representa una opción más pragmática, menos ideológica y, sobre todo, más predecible. Responsable de la política económica durante varios años, logró estabilizar parcialmente la economía y reactivar la producción de petróleo a pesar de las sanciones.

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Los intermediarios convencieron a la Casa Blanca de que podrían proteger futuras inversiones estadounidenses en el sector energético. Sin ser presentado como una solución permanente, Rodríguez aparece como alguien con quien Estados Unidos cree que puede trabajar “profesionalmente”, mientras que Maduro parecía despreciar abiertamente su autoridad.

Esta elección margina a María Corina Machado, figura emblemática de la oposición y ganadora del Premio Nobel de la Paz. A pesar de sus esfuerzos por acercarse a Donald Trump y adoptar sus códigos políticos, nunca se ganó su confianza. En su opinión, no tendría la legitimidad interna necesaria para gobernar.



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