Durante su primera noche sobre el asfalto parisino, Nouri Issa Daoud se sorprendió al escuchar un ruido metálico proveniente del cielo. “Tenía miedo”“, confiesa sin dudar este sudanés de 24 años de Nyala, la capital de Darfur del Sur. El rugido le recordó los bombardeos sobre su ciudad y la guerra que devasta su país desde el 15 de abril de 2023, enfrentando al ejército regular contra los paramilitares de las Fuerzas de Apoyo Rápido (FSR). El ruido era sólo el del skytrain, línea 2, que pasa justo encima del campamento improvisado.
Esta tarde del 10 de noviembre, Nouri Issa Daoud -gorra violeta en la cabeza, cicatriz en medio de la frente, edredón sobre los hombros- se prepara para dormir por tercera vez en un colchón amarillento por los elementos, colocado en la isleta central del bulevar de la Chapelle, en elY Barrio de París, a un paso de la estación de Stalingrado.
A su alrededor tiendas de campaña, otras camas y un centenar de exiliados afganos, tunecinos y sudaneses. Este último, nada más llegar a Francia, huyó “muerte”dicen, dejando atrás un conflicto que ha causado decenas de miles de víctimas y 12 millones de civiles desplazados.
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