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La relación “Bicicleta eléctrica entre movilidad y seguridad” de la que hablamos en las siguientes páginas y que Unasca y Format Research presentaron hace unos días a la Cámara dice mucho de lo que ya sabíamos. Y es que las bicicletas eléctricas están cada vez más extendidas, que han dado un empujón al sector y que han traído a pedalear a mucha gente, que nunca lo habría hecho. Y estas son las ventajas. Pero también está la otra cara de la moneda: es habitual modificarlas para aumentar su potencia y, por tanto, existe un grave problema de seguridad, ya que las bicicletas eléctricas en el sentido del Código de Circulación siguen siendo bicicletas en todos los sentidos. Últimamente están cada vez más extendidas las “fat bikes”, es decir estas bicicletas eléctricas con grandes ruedas diseñadas para circular sobre nieve o arena, utilizadas sobre todo por “riders” y que son esencialmente motocicletas pero, al no tener matrícula, evidentemente no están sujetas a controles ni limitaciones. Quienes pedalean estos vehículos van a todas partes, incluso donde no pueden: en las aceras, en contra del tráfico, en carriles reservados. Anarquía total y peligrosa. Por lo tanto, sería un paso adelante si los que están en el poder comenzaran por imponer a estas bicicletas “comerciales” una matrícula, una etiqueta, en definitiva, algo que las hiciera reconocibles y rastreables en caso de infracciones.

Y también hemos empezado a hacer corresponsables de su comportamiento en la carretera a los empleadores de quienes los utilizan para ganarse la vida. Finalmente, una industria en la que los trabajadores a menudo se ven obligados a arriesgar sus vidas por un puñado de lentejas ha comenzado a ser seriamente regulada.

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