Por Kevin Mozas, presidente de Blooming – Miembro de la Alianza por la Naturaleza
Tras los pasos de Estados Unidos, muchos países se están retirando, a veces repentinamente, de la cuestión climática y, en general, de las cuestiones de la preservación del medio ambiente y la protección de la biodiversidad. Esta situación no sólo va en contra de la realidad científica sino que también representa una amenaza muy real para nuestro sistema económico. Hoy en día, el dinero público escasea, mientras que las necesidades financieras para la protección de la naturaleza nunca han sido mayores. Surge entonces una pregunta: ¿qué recursos deberían movilizarse para la protección del medio ambiente?
Un riesgo sistémico que amenaza la economía
La protección de la naturaleza no es sólo una preocupación ecológica importante, sino también fundamentalmente económica. El 72% de las empresas de la zona del euro, o alrededor de 3 millones, dependen críticamente de los servicios que proporciona la naturaleza (estudio del Banco Central Europeo, 2024). En un impactante nuevo informe publicado en febrero pasado, IPBES (el “IPCC de la biodiversidad”) insiste en que “la pérdida de biodiversidad es una de las amenazas más graves para las empresas”. Mismo mensaje del Foro Económico Mundial que sitúa la pérdida de biodiversidad como el segundo gran riesgo en 10 años, sumando todas las cuestiones (geopolíticas, tecnológicas, medioambientales, sociales, etc.).
Entre los ejemplos más evidentes podemos citar el sector agroalimentario que depende enteramente de la buena salud de los seres vivos. La biodiversidad del suelo (lombrices, hongos, bacterias) e incluso los insectos polinizadores determinan los rendimientos agrícolas. Artificialización de los suelos, contaminación, pesticidas… en el planeta, el 40% de la tierra está actualmente degradada (“Global Land Outlook”, publicado por la Convención de la ONU – 2022). Por eso, la diversidad de vida y las interacciones entre especies y ambientes nos nutren, nos cuidan, nos protegen, nos visten, nos calientan… es nuestro principal proveedor de servicios.
Pero hace mucho más: nos protege. Los ecosistemas sanos regulan el clima y sus fenómenos extremos, mitigan las consecuencias de las inundaciones, limitan los fenómenos de erosión, garantizan la calidad de nuestras aguas, etc.
Todos los sectores, de una forma u otra, se ven afectados, insisten científicos y economistas. En otras palabras: sin naturaleza no hay economía.
Esta realidad subestimada durante mucho tiempo se está imponiendo ahora a los directivos, departamentos financieros y otros consejos de administración, así como a los departamentos de RSC que ya están conscientes del tema. Sin una protección adecuada y una restauración efectiva de los entornos naturales, las cadenas de suministro, los costos de producción, la integridad de la infraestructura y la resiliencia general de nuestras sociedades están en riesgo.
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Una vez que se ha planteado esta cuestión, ¿cómo podemos ampliar y acelerar las iniciativas de biodiversidad?
Ir más allá de las obligaciones regulatorias para cambiar la escala
Algunas empresas privadas –por convicción y/o pragmatismo– han comprendido la ventaja que tienen al emprender acciones ambientales voluntarias que van más allá del rígido marco de obligaciones regulatorias. Muchos incluso están decididos a actuar con rapidez y contundencia. Programas de formación para todos los empleados, evaluación de sus impactos y dependencia de la biodiversidad, transformación de prácticas para reducir sus impactos, financiación de acciones para restaurar la biodiversidad… las posibilidades de actuación son muy numerosas.
La cuestión de la financiación suele ser central, para pasar de la declaración de intenciones a acciones concretas. Se han creado varios sistemas de apoyo, apoyados en particular por Bpifrance, la OfS y otros actores públicos. Más allá de la dificultad de gestionar el funcionamiento de estos sistemas, el sector se enfrenta a un punto muerto: la imposibilidad de que las finanzas públicas apoyen únicamente la conservación de la biodiversidad.
Muy consciente del problema, la Comisión Europea abordó recientemente el tema para fomentar el desarrollo de un mercado de Créditos naturales. Este sistema permite a las organizaciones invertir voluntariamente en acciones de restauración de la biodiversidad que, una vez certificadas por un organismo independiente, se traducen en créditos que pueden ser adquiridos por quienes deseen apoyar concretamente la preservación de la naturaleza. El potencial es inmenso, con un mercado que podría crecer de 7,7 millones de dólares en 2025 a 69 mil millones de dólares en 2050, según el Foro Económico Mundial.
Ante la flexibilización de obligaciones ambientales, impulsamos el compromiso voluntario
Todos los actores serios que trabajan a diario para tener en cuenta la biodiversidad en los cuatro rincones del mundo están de acuerdo en una cosa: si queremos movilizar ampliamente a los ciudadanos y a los actores económicos en torno a las cuestiones de la conservación de la naturaleza, no debemos confiar exclusivamente en un enfoque regulatorio. El reciente anuncio de la Comisión Europea de una flexibilización de las directivas CSRD y CSDDD no debería significar un retroceso en nuestras ambiciones. Por el contrario, esto debería fomentar un mayor voluntarismo.
Las empresas se enfrentan a una elección decisiva: considerar la biodiversidad como una simple cuestión de RSE o convertirla en un pilar de su resiliencia. Quienes participan ahora anticipan los riesgos, protegen sus cadenas de valor y fortalecen su atractivo.
Ya no se trata sólo de integrar la naturaleza en su estrategia, sino, más fundamentalmente, de integrar su estrategia en la naturaleza.
Ingeniero y Máster en Economía y Política Ambiental, Kevin Mozas ha trabajado durante 20 años en el sector de las energías renovables. Consciente de los impactos de la actividad humana en el medio ambiente, en 2020 cofundó la empresa Blooming, que apoya y asesora a las empresas en la integración de temas relacionados con la Naturaleza y la Biodiversidad, a lo largo de toda su cadena de valor.
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